Relaciones Internacionales

Washington tiene dos puertas

Por Josué FialloFundación Diplomacia Dominicana

El 16 de agosto de 2026, seis años exactos después de la llegada de Luis Abinader al poder, el Decreto 554-26 puso fin a una era en la Cancillería dominicana. El canciller saliente pasó a la condición de embajador emérito y Víctor Bisonó asumió el Ministerio de Relaciones Exteriores. En We Don’t Talk Anymore escribí sobre sillas vacías, sobre conversaciones que mueren sin que nadie las mate y sobre relaciones demasiado importantes para depender de la química personal. Poco después de publicado aquel ensayo, la silla cambió de ocupante.

Sería tentador leer el relevo como el desenlace de esa historia. Sería un error. Cambiar a la persona no repara, por sí mismo, la arquitectura. La pregunta que dejaba abierta aquel ensayo no era quién debía sentarse en la silla. Era con quién debe hablar ahora la República Dominicana. La respuesta, hoy más que nunca, no es una persona.

Es un mapa.

El nuevo canciller y la puerta que ya conoce

Álvarez y Bisonó no representan solamente dos generaciones. Sus trayectorias hablan gramáticas distintas. En Álvarez pesan el derecho internacional, el sistema interamericano y la negociación multilateral; una de sus últimas misiones públicas como canciller fue defender ante el Consejo de Seguridad la renovación de la fuerza internacional en Haití. En Bisonó pesan la política, el comercio, la inversión y la construcción de intereses concretos: cuatro períodos legislativos, aranceles, cadenas de suministro y una familiaridad reciente con la mesa de negociación económica.

Esa gramática la ha practicado, sobre todo, con esta administración. En abril de 2025, cuando el arancel universal obligó a medio planeta a hacer fila ante el Representante Comercial de los Estados Unidos, la comisión dominicana que se sentó frente a Jamieson Greer incluía a Bisonó junto a los ministros de Relaciones Exteriores y Hacienda. En febrero de ese año había formado parte de la delegación que recibió a Marco Rubio en Santo Domingo. El nuevo canciller no necesita que le presenten a la administración Trump. Ya negoció con ella.

Esa es su fortaleza. Y ahí mismo, si no se administra bien, está su riesgo.

Porque la República Dominicana no tiene hoy un problema de acceso republicano. Tiene una embajadora de inusual visibilidad pública, confirmada por el Senado, que llegó al país con la misión expresa de impulsar las prioridades del presidente Trump y del secretario Rubio, y que ha convertido esa misión en lo que podría llamarse una diplomacia de presencia: catedrales y colmados, podcasts y cuarteles, empresarios y dirigentes políticos, un estilo que no se limita a transmitir posiciones, sino que se inserta activamente en los espacios de conversación del país receptor. Tiene además canales contratados: desde 2020, el Estado dominicano ha recurrido a la firma del exsubsecretario republicano Roger Noriega y, más recientemente, a la del exembajador de Trump ante la OEA, Carlos Trujillo, entre otras, para comunicarse con el gobierno y el Congreso de los Estados Unidos. La puerta republicana, en otras palabras, ya está abierta.

La otra no puede depender de que alguien la abra desde dentro.

La voz que se va y la red que empieza a aparecer

El 23 de junio de 2026, en la primaria demócrata del distrito 13 de Nueva York, Adriano Espaillat perdió la nominación frente a Darializa Ávila Chevalier, una socialista democrática de treinta y dos años respaldada por el alcalde Zohran Mamdani. Espaillat fue el primer dominicano en llegar al Congreso de los Estados Unidos y presidía el Caucus Hispano. Ávila Chevalier es también de origen dominicano y tiene ahora el camino abierto para conservar esa representación.

Pero una voz no es un broker.

Lo que se pierde con Espaillat no es principalmente representación: es antigüedad, relaciones acumuladas, liderazgo de caucus, conocimiento de los pasillos y la capacidad de descolgar un teléfono en el Capitolio y ser atendido por costumbre. Ese capital no se hereda con una elección. Se construye durante años y puede evaporarse en una noche electoral.

Pero sería igualmente equivocado mirar únicamente lo que se pierde. Mientras desaparece un intermediario consolidado, comienza a dibujarse algo distinto: una presencia política dominico-estadounidense menos concentrada en una persona y en una ciudad.

Analilia Mejía ya ocupa un escaño por Nueva Jersey. Hija de padre dominicano y madre colombiana, su trayectoria pasa por el movimiento sindical, el progresismo demócrata, la administración Biden y ahora los comités de Seguridad Nacional y Pequeñas Empresas de la Cámara. En Colorado, Manny Rutinel, hijo de madre dominicana y criado durante sus primeros años en República Dominicana, acaba de obtener la nominación demócrata para disputar uno de los distritos más competidos del país. Su contienda de noviembre no está decidida, pero el Partido Demócrata considera ese distrito una de sus oportunidades prioritarias para arrebatar un escaño republicano.

Eso cambia la pregunta. La tarea ya no consiste en encontrar quién sustituirá a Espaillat. Consiste en entender que quizá nadie deba sustituirlo.

La presencia política dominico-estadounidense que viene puede parecerse menos a un gran intermediario y más a una red.

Esa dispersión, precisamente, es la oportunidad que Santo Domingo debería aprender a organizar en Washington.

El hombre de Queens

Toda red, sin embargo, necesita vértices de poder institucional. El de mayor peso potencial tiene nombre y distrito.

Gregory Meeks representa el quinto distrito de Nueva York desde 1998. Presidió el Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes entre 2021 y 2023, el primer afroamericano en hacerlo, y es hoy el demócrata de mayor rango del comité. Si su partido recupera la Cámara en noviembre, Meeks es el candidato natural a presidir de nuevo el comité que supervisa la política exterior, la ayuda externa y el Departamento de Estado. Es una posibilidad, no un hecho. Pero tampoco es una posibilidad remota: la aprobación del presidente Trump cayó en julio a 32 por ciento en la encuesta de Quinnipiac, su peor registro en esa serie.

Lo interesante de Meeks, sin embargo, no es la aritmética. Es el expediente.

Meeks ha combatido, con los instrumentos que la ley le da a un legislador, algunos de los mecanismos de poder ejecutivo y política comercial que hoy afectan directamente a la República Dominicana. Introdujo la resolución para terminar la emergencia nacional que sostiene los aranceles ejecutivos, y en febrero de 2026 logró que la Cámara aprobara, con votos republicanos incluidos, su resolución contra los aranceles a Canadá. Cuando comenzaron los ataques militares a embarcaciones en el Caribe, exigió su justificación legal y recordó que Estados Unidos es “una nación de leyes” y que la autorización del uso de la fuerza corresponde constitucionalmente al Congreso. Y tiene agenda caribeña propia: su proyecto de ley sobre la colusión criminal en Haití, dirigido a sancionar a las élites que financian a las pandillas, pasó la Cámara con apoyo bipartidista, y en julio de 2026 encabezó por la bancada demócrata una audiencia del comité dedicada a las pandillas haitianas y la fuerza internacional.

Léase con cuidado lo que eso significa. El hombre que puede presidir el comité de política exterior de la Cámara en enero de 2027 ha venido combatiendo la misma concepción expansiva del poder arancelario que hoy afecta a los exportadores dominicanos, y promoviendo sobre Haití una agenda que coincide con varios intereses estratégicos dominicanos: perseguir a quienes financian las pandillas, contener su poder y devolver el problema haitiano al centro de la atención de Washington. No hay que inventarle a Meeks una agenda compatible con la nuestra. En varios asuntos decisivos, las coincidencias ya existen. Lo que falta es convertir esas coincidencias en una interlocución sostenida antes de que la fila sea larga.

Por qué esto urge ahora

Alguien podría objetar que, si la administración se debilita, basta con esperar. Es la lectura equivocada. El error sería suponer que el debilitamiento doméstico vuelve automáticamente más prudente a una presidencia. En Estados Unidos puede ocurrir lo contrario: la política exterior, la seguridad nacional y determinados instrumentos comerciales siguen ofreciendo al Ejecutivo márgenes de acción que el Congreso puede dificultar, pero no siempre impedir. Y los últimos meses lo demuestran con fechas. El 23 de julio de 2026, el USTR anunció el arancel de 12,5 por ciento sobre los productos dominicanos, en sustitución del 10 por ciento que vencía esa medianoche; el país respondió con el Decreto 502-26, firmado el mismo día. El 13 de agosto, un informe de la Casa Blanca colocó a la República Dominicana entre unas cuarenta economías señaladas como puntos de transbordo de mercancía china, citando el corredor Caucedo y Haina. Esas fechas no prueban un estado de ánimo. Prueban un margen.

Frente a eso, la respuesta de un país pequeño no puede ser elegir bando en la política interna de una potencia. Tiene que ser más aburrida y más sabia: tener llave para las dos puertas.

La paradoja Bisonó

Y aquí aparece la paradoja que convierte este momento en una oportunidad y no solamente en un riesgo.

El canciller que mejor conoce la puerta republicana puede ser, precisamente, quien deba esforzarse más por abrir la demócrata. Bisonó no necesita gastar sus primeros meses conquistando a la administración Trump: ya la conoce, ya negoció con ella, ya tiene los teléfonos. Su verdadera prueba estratégica es la contraria. Consiste en entender que su primera obligación no es explotar la cercanía que tiene, sino cultivar la que todavía no tiene; que el capital que trae de fábrica debe financiar el puente hacia quienes podrían controlar la Cámara a partir de enero; que fortalecer la relación con este gobierno estadounidense y dejar al país desnudo frente al siguiente no sería un éxito diplomático sino un éxito a plazo fijo.

Para Bisonó eso exigirá algo parecido a un acto de contorsionismo político e ideológico. Tendrá que cultivar con naturalidad a interlocutores alejados de sus propias referencias y preferencias políticas, y hacerlo no como concesión sino como obligación de Estado. La diplomacia profesional comienza precisamente donde termina la comodidad partidaria. Un canciller no representa sus afinidades: administra los intereses permanentes de un país entre gobiernos que cambian.

Esa exigencia también alcanza al equipo que lo rodee. La creatividad importa. Nuevas miradas pueden aportar reflejos, lenguajes y conexiones que una burocracia demasiado acostumbrada a sus propios códigos suele perder. Pero creatividad sin memoria puede confundir novedad con estrategia. Bisonó necesitará combinar mentes creativas con experiencia probada, gente que conozca Washington, sus comités, sus burocracias y, sobre todo, la diferencia entre el ruido de una temporada política y un cambio estructural. No bastan los yes men. Tampoco los coristas de la soberanía que recitan cifras y consignas con cadencia de libreto. Una Cancillería sirve de poco si todos a su alrededor confirman lo que el canciller ya piensa.

En momentos de transición, la función más valiosa de un buen equipo puede ser decirle al canciller qué no quiere escuchar.

La pluralidad que República Dominicana necesita construir en Washington debe comenzar dentro de su propia Cancillería. No se puede practicar afuera una diplomacia de dos puertas con una sala de máquinas donde todos piensan igual.

Los países pequeños no pueden permitirse amigos de cuatro años. Necesitan relaciones de Estado que sobrevivan a las elecciones de los países grandes.

We Don’t Talk Anymore sostuve que una relación entre naciones no puede depender de la química entre dos personas. Este es el corolario que faltaba: tampoco puede depender de la química entre dos gobiernos ideológicamente compatibles. La compatibilidad es un clima. Los climas cambian. La arquitectura es lo que queda cuando cambia el clima.

El mapa

¿Con quién debe hablar ahora la República Dominicana? Con la administración Trump, porque gobierna hoy. Con la embajadora Leah Campos y con Marco Rubio para las urgencias de la relación ejecutiva. Con Gregory Meeks y Brian Mast, porque el Comité de Asuntos Exteriores tiene dos bancadas y nadie sabe cuál ocupará la presidencia en enero. Con quienes manejan el comercio en el Comité de Medios y Arbitrios de la Cámara y el Comité de Finanzas del Senado, porque buena parte de los problemas actuales se mide en aranceles, cadenas de suministro y acceso al mercado.

Pero también debe mirar más allá de los nombres tradicionales.

Debe hablar con Analilia Mejía, no porque sus raíces dominicanas la obliguen a compartir las posiciones de Santo Domingo, sino precisamente porque no la obligan: porque representa una corriente del Partido Demócrata con la que el país ha cultivado menos relaciones y porque su pertenencia al Comité de Seguridad Nacional toca asuntos que alcanzan directamente al Caribe. Debe construir desde el primer día una relación con Ávila Chevalier si llega al Congreso, sin pretender convertirla en una réplica de Espaillat.

Y debe tener a Manny Rutinel en el radar. Si gana la elección en ese distrito en noviembre, no solo llegaría al Capitolio otro estadounidense de raíces dominicanas: lo haría después de conquistar uno de los distritos que pueden terminar decidiendo la mayoría de la Cámara. Antes de la elección corresponde observar y preservar escrupulosamente la neutralidad que exige no intervenir en la política partidaria estadounidense. Después, si resulta electo, el contacto debería ser inmediato.

La diplomacia inteligente no improvisa interlocutores cuando los necesita. Los identifica antes y cultiva la relación cuando corresponde.

A ellos se suman los senadores de ambos partidos, los empresarios estadounidenses con inversiones y empleos vinculados a una relación comercial que en 2025 superó los 20 mil millones de dólares solo en bienes, los gobernadores y alcaldes de los estados donde vive nuestra diáspora y los centros de pensamiento donde una percepción puede comenzar a convertirse en política mucho antes de llegar a un escritorio oficial.

Eso no es una amistad. Es una red.

Esa es la lección: no buscar un nuevo mejor amigo que sustituya al anterior, sino construir suficientes relaciones para que ninguna amistad sea indispensable.

El remedio sigue siendo modesto: una fecha, una mesa y la voluntad de hablar antes de que el próximo documento salga publicado. Solo que ahora sabemos cuántas mesas hacen falta.

Washington tiene dos puertas. Una ya está “abierta”. La próxima llamada de la Cancillería debería ser a la otra.

Preguntas frecuentes

¿Qué es una embajada y en qué se diferencia de un consulado?

La embajada representa políticamente al Estado ante el gobierno del país receptor y suele estar en la capital. El consulado atiende trámites y asistencia a los nacionales —pasaportes, actas, legalizaciones— y puede abrirse en otras ciudades.

¿Qué es la inmunidad diplomática?

Es la protección jurídica que la Convención de Viena de 1961 concede a agentes diplomáticos y a los locales de la misión para que puedan ejercer sus funciones sin interferencia. No es un privilegio personal: puede ser renunciada por el Estado acreditante.

¿Qué son las cartas credenciales?

El documento firmado por el jefe del Estado acreditante que presenta a su embajador. Hasta que se entregan formalmente, el jefe de misión no asume plenamente sus funciones representativas.

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