¿Quién está pensando en esto?
El 24 de febrero tuve una conversación larga con Andy Dauhajre en la Fundación Economía y Desarrollo. De esas conversaciones que empiezan con un tema y terminan en otro, que viajan entre lo local y lo internacional, entre lo personal y lo estructural, entre el pasado y el futuro, y que al final te dejan pensando durante días.
El tema de partida era amplio: qué depara para la República Dominicana esta era de crisis del multilateralismo, de desafíos al orden liberal del comercio internacional, de emergencia de la inteligencia artificial. Hablamos de los escritos de Andy y su fascinación por la macroeconomía, de mis escritos sobre los acuerdos comerciales de Estados Unidos y mi experiencia en Washington, de anécdotas de nuestras vidas académicas entre Nueva York y Londres.
Y ahí descubrí una de esas coincidencias que te recuerdan lo pequeño que es el mundo: Andy estudió en Nueva York con una beca del Fondo Leo S. Rowe. Rowe fue Director General de la Unión Panamericana (predecesora de la OEA) hasta que una mañana de 1946 un jeep militar lo atropelló en las calles de Washington. Murió sin hijos, sin herederos visibles, pero con una voluntad precisa: legó todo lo que tenía (su patrimonio, su pensión, sus propiedades) a la Unión, con el designio expreso de que se creara un fondo de becas para estudiantes de todas las Américas. Desde entonces, miles de jóvenes de todo el continente han cruzado fronteras con ese fondo bajo el brazo. Andy fue uno de ellos. Dos dominicanos que compartíamos, sin saberlo, un eslabón institucional en sus trayectorias formativas y profesionales: uno como becario, otro como miembro del board que administra lo que Rowe dejó. A veces la historia conecta a las personas por caminos que ninguno de los dos eligió, ni imaginó.
Hablamos de Singapur y de la admiración que ambos compartimos por lo que ese país ha logrado con su burocracia profesional, con la decisión de construir un servicio civil de primer nivel como política de Estado. Pero le dije algo que llevaba pensando desde hace tiempo: me sorprende que en América Latina recurramos siempre a Singapur como primera referencia, como si para profesionalizar el Estado hubiera que importar el modelo de una ciudad-estado autoritaria de cinco millones de habitantes en el Sudeste Asiático.
Tenemos ejemplos más cercanos, más abiertos, más democráticos. Irlanda transformó su servicio público y su política industrial en una generación, sin sacrificar libertades. Finlandia construyó el mejor sistema educativo del mundo con un Estado pequeño y una burocracia que funciona porque se respeta, no porque se teme. Uruguay lleva décadas demostrando que se puede ser un país pequeño, estable y serio en medio de vecinos turbulentos. Costa Rica abolió su ejército hace setenta y cinco años y dedicó esos recursos a construir instituciones civiles que hasta ahora son envidia de la región. Singapur es admirable. Pero la República Dominicana es una democracia caribeña, no una tecnocracia asiática, y los modelos que imitemos deberían parecerse a lo que somos y a lo que queremos seguir siendo.
También hablamos de los recientes liderazgos mundiales expuestos en Davos, en las personas del Primer Ministro Mark Carney y el Presidente Alexander Stubb de Finlandia: líderes que entienden la complejidad del momento, que hablan con rigor y con visión, que no le temen a las verdades incómodas. Hablamos del tamaño del Estado dominicano y su institucionalidad frente a una transformación tecnológica para la cual no están diseñados, de cuánto tendrá que cambiar nuestro marco institucional para adaptarse a lo que viene, del liderazgo político que tenemos (inmaduro en algunos casos, simplemente incapaz en otros) y de cómo elevar el nivel del debate y la función pública cuando el debate mismo parece atrapado en el ciclo electoral permanente.
No coincidimos en todo. Y qué bueno. Porque ahí está la importancia de conversar e intercambiar ideas: nos escuchamos , comprendemos distintos puntos de vista, nos hacemos vulnerables al ser cuestionados y nos obligamos a repensar creencias, convicciones, prejuicios.
Pero en algún momento de la tarde, la conversación cambió de registro.
Andy me confesó algo que, viniendo de alguien con su trayectoria y su rigor analítico, me sacudió: que él mismo no sabía cómo proyectar un futuro de mediano y largo plazo con cambios tan disruptivos como los que vivimos hoy. No era resignación. Era honestidad intelectual , del tipo que escasea. Y mientras lo decía, mientras yo procesaba esa admisión de incertidumbre de un hombre que ha dedicado décadas a entender la economía dominicana, algo se fue formando en mi cabeza. Una pregunta que no había llevado a esa reunión pero que nació ahí, entre sus palabras y mi silencio: ¿Qué le ocurre a la economía dominicana si la inteligencia artificial cumple aunque sea la mitad de lo que promete? No la mitad de lo que prometen los evangelistas de Silicon Valley (esos se pueden ignorar). La mitad de lo que ya está ocurriendo. La mitad de lo que las propias empresas que operan en nuestro territorio están implementando en este momento, mientras usted lee esto.
En un momento de nuestro encuentro, Andy me mostró parte de sus libros antiguos, prístinamente preservados en los estantes de la Fundación. Los miré con cuidado. Vi en ellos el peso de décadas de batallas que empezaron muchísimo antes de que mi generación supiera leerlas. Dauhajre y los suyos construyeron el análisis económico en este país desde los años 80, cuando enfrentarse a una crisis de deuda o a una reforma estructural exigía inventar las herramientas mientras se usaban.
Esa generación abrió los debates que hoy damos por sentados. Pero los debates que vienen (los de la inteligencia artificial , los de la automatización del empleo, los de un orden comercial que ya no responde a las reglas que ellos aprendieron a dominar) necesitan velocidad , enfoques nuevos , la disposición de equivocarse rápido y corregir más rápido aún. No porque lo anterior haya perdido vigencia, sino porque el terreno cambió.
Y cuando el terreno cambia, se necesitan más manos sobre la mesa, no menos. La antorcha no se arrebata ni se hereda en ceremonia. Se comparte . Y se carga mejor entre varios.
Salí de esa conversación con la certeza de que alguien tiene que poner esto sobre la mesa. No como ejercicio académico ni como especulación futurista. Como advertencia práctica, dirigida a quienes tienen la responsabilidad de tomar decisiones sobre el futuro económico de once millones de personas. El resultado me quitó el sueño. No porque el escenario sea inevitable — ninguno lo es — sino porque la posibilidad es real, la velocidad del cambio es verificable, y el silencio de nuestras instituciones frente a esa posibilidad es, en sí mismo, un riesgo.
Ese mismo 24 de febrero, mientras yo procesaba en silencio lo que Andy me había dicho en la Fundación, Dario Amodei, el CEO de Anthropic, la empresa que construye Claude, una de las inteligencias artificiales más avanzadas del planeta, decía algo extraordinariamente parecido en una entrevista en Bangalore. Amodei, un biólogo de formación que dejó la academia cuando comprendió que la IA terminaría resolviendo lo que el cerebro humano no podía, usó una imagen que me detuvo en seco: “Es como si este tsunami viniera hacia nosotros. Está tan cerca que podemos verlo en el horizonte. Y sin embargo, la gente inventa explicaciones: no es un tsunami, es un truco de la luz. No ha habido una conciencia pública del riesgo.” Y añadió algo que me pareció aún más inquietante: que el trabajo técnico de seguridad dentro de estas empresas ha avanzado mejor de lo que esperaba, pero que la conciencia de la sociedad y la acción de los gobiernos han ido peor de lo que esperaba. El mismo día, a miles de kilómetros de distancia, un economista dominicano con décadas de experiencia y el ingeniero jefe de una de las tecnologías más poderosas jamás construidas llegaban a la misma conclusión: nadie está prestando suficiente atención. Y nosotros seguimos celebrando cifras récord de turismo.
Miro el debate público dominicano de estos meses y veo discusiones sobre la política partidaria, sobre el presupuesto, sobre la persecución de funcionarios por corrupción, sobre el metro que va a Los Alcarrizos, sobre las cifras récord de turismo, sobre la emisión de bonos. Todas discusiones legítimas. Ninguna toca lo que se avecina.
El Ministerio de Hacienda puede presentar una radiografía exhaustiva de las finanzas públicas, debatir la trampa del ingreso medio, citar a Krugman, Edwards y Corbo, invocar la experiencia chilena como advertencia, y proponer reformas estructurales para sostener el crecimiento, todo sin mencionar una sola vez la inteligencia artificial. No por negligencia. Por invisibilidad. El tsunami del que habla Amodei es tan grande que no cabe en las categorías con las que estamos acostumbrados a pensar la economía.
Y mientras nosotros debatimos la ruta del metro, la inteligencia artificial está aprendiendo a reemplazar a los 50,000 dominicanos que trabajan en call centers. Mientras celebramos cifras récord de llegada de turistas, los agentes de IA están aprendiendo a planificar viajes completos sin intermediarios humanos. Mientras colocamos bonos soberanos con facilidad, la base de recaudación tributaria sobre la que se sostiene el pago de esa deuda está siendo erosionada por fuerzas que no aparecen en los modelos del Ministerio de Hacienda.
Permítanme llevarlos a un lugar incómodo. Es un ejercicio especulativo, no una predicción. Pero está construido sobre datos reales y tendencias que cualquiera puede verificar.
Es junio de 2031. Cinco años desde hoy.
La Dirección General de Impuestos Internos reporta que la recaudación del primer semestre está un 19% por debajo de las proyecciones. El Banco Central acaba de ampliar la banda cambiaria porque las reservas internacionales cayeron por debajo de tres meses de importaciones. El peso se ha depreciado un 24% en dieciocho meses. La inflación supera el 11%. Los bonos soberanos dominicanos, que durante años se colocaron con spreads cómodos, ahora pagan 200 puntos base más que el año anterior.
Y el PIB creció 3.8% en el último trimestre.
¿Cómo es posible? Porque los resorts de Punta Cana siguen operando, con un tercio menos de personal, atendidos por sistemas de hospitalidad autónoma, generando el mismo output turístico con una fracción de la nómina. Porque las zonas francas de dispositivos médicos siguen exportando, con líneas de producción robotizadas que ya no necesitan a los miles de operarios que empleaban. Porque los bancos siguen procesando transacciones, pero con agentes de IA que reemplazaron a los cajeros, a los analistas, a los oficiales de servicio al cliente.
La producción existe. Los empleos, no. Los salarios que circulaban por la economía, tampoco.
Llamemos a este fenómeno PIB Fantasma Caribeño : producción que aparece en las cuentas nacionales, pero nunca se convierte en el almuerzo de un maestro constructor en Villa Mella, ni en la cuota del motor de un joven de Cristo Rey, ni en la mensualidad escolar de una familia de Los Mina. El Banco Central puede exhibir crecimiento. Los hogares no pueden exhibir bienestar.
Sé lo que piensan algunos: “Eso es ciencia ficción. La República Dominicana no es Estados Unidos. Aquí las cosas funcionan diferentes.”
Precisamente. Aquí las cosas funcionan diferente. Y esa diferencia no nos protege; nos hace más vulnerables.
Estados Unidos tiene una presión tributaria del 27% del PIB, un sistema de seguro de desempleo, una Reserva Federal con herramientas de política monetaria sofisticadas, y un mercado de capitales profundo. Nosotros tenemos una presión tributaria del 14%, no tenemos seguro de desempleo, nuestra política monetaria tiene márgenes estrechos porque el 70% de la deuda está en dólares, y nuestro mercado de capitales es incipiente.
Si la inteligencia artificial transforma la economía estadounidense de la manera en que las tendencias actuales sugieren, la República Dominicana no se resfría. Se le perfora un pulmón. Porque nuestras tres fuentes principales de divisas —turismo, remesas e inversión extranjera— dependen todas de la misma variable: la capacidad de gasto del consumidor y el trabajador del hemisferio norte. Si esa capacidad se erosiona, nuestras tres fuentes se contraen al mismo tiempo.
Nunca ha pasado. Nunca las tres se han contraído simultáneamente. Y por eso nadie lo modela. Pero la lógica es implacable.
II
La Ventaja Salarial Muerta
Los call centers y centros de servicios compartidos emplean entre 40,000 y 55,000 personas en la República Dominicana, concentrados en el Distrito Nacional, Santiago y las zonas francas. Son el primer empleo formal de una generación de jóvenes bilingües que encontraron en esas empresas (Alorica, TELUS, Concentrix, y decenas de operadores menores) una puerta de entrada a la clase media: salario fijo, seguro médico, AFP, y un empleo que sus familias pudieran nombrar con orgullo.
Esa puerta se está cerrando.
Los agentes de inteligencia artificial conversacional ya superan en calidad a un operador humano promedio en la mayoría de las interacciones de primer nivel. Operan en inglés y español sin acento, sin fatiga, sin ausentismo, sin vacaciones, sin licencias de maternidad. Y cuestan centavos por interacción donde un humano cuesta dólares.
Las empresas globales que operan aquí no toman esa decisión aquí; la toman en sus casas matrices, donde los directores financieros miran una hoja de cálculo que dice: agente humano en Santo Domingo, $4 la hora; agente de IA, $0.03 la interacción . No hay patriotismo corporativo que sobreviva a esa aritmética.
Podríamos llamar este fenómeno La Ventaja Salarial Muerta . Durante décadas, nuestro modelo de desarrollo en zonas francas de servicios se basó en ofrecer mano de obra calificada a menor costo que en Estados Unidos. Esa ventaja no fue destruida por un competidor más barato. No nos ganó Honduras ni Filipinas. Nos ganó una máquina sin costo laboral. No se puede competir en precio contra algo cuyo precio tiende a cero.
El turismo: más allá de lo que imaginamos
El turismo representa entre el 15% y el 17% de nuestro PIB, directa e indirectamente. No es una industria entre otras. Es el sistema circulatorio de regiones enteras del país.
La amenaza no es que los turistas dejen de venir. Es múltiple, y cada vector golpea por un costado diferente.
La intermediación se colapsa. Los agentes de IA que ya gestionan decisiones de consumo para millones de estadounidenses y europeos están transformando la planificación de viajes. Los tour operadores que dependían de paquetes negociados con márgenes del 15-25% sienten la presión primero. Un agente de IA no acepta el primer precio, no se cansa de buscar, no tiene relación personal con el vendedor del hotel. Las comisiones se comprimen a niveles insostenibles.
Los resorts automatizan. Los grandes all-inclusive descubren que pueden operar con significativamente menos personal. Check-in autónomo. Concierge por agente de IA multilingüe. Gestión de restaurantes parcialmente robotizada. Un resort que hoy opera con 1,200 empleados para 800 habitaciones descubrirá, en dos o tres años, que puede funcionar con 600. Cada empleo eliminado es una familia de Higüey que deja de gastar en la economía local.
Los guías turísticos desaparecen. Meta ya vende, en asociación con Ray-Ban, lentes de realidad aumentada por menos de 400 dólares. Esos lentes ven con cámaras diminutas, detectan el entorno, leen letreros, traducen idiomas en tiempo real, y explican a quien los porta lo que tiene enfrente: un monumento, una planta, una formación geológica, un plato típico. Hoy son un gadget de early adopters. En tres años serán el estándar de viaje. Miles de personas en este país viven de guiar turistas. ¿Quién está pensando en ellos?
El turista cambia. El visitante que llega a Punta Cana es, desproporcionadamente, un profesional de cuello blanco norteamericano, exactamente el perfil demográfico que la inteligencia artificial está desplazando en Estados Unidos. Si pierde su empleo o ve su ingreso comprimido, no viene. O viene y gasta la mitad.
Pero hay algo que esos cuatro vectores revelan en conjunto, si se leen con honestidad: el modelo de resort cerrado — donde el turista aterriza, se encierra tras una pulsera, consume dentro de un perímetro, y se va sin haber pisado una calle dominicana — es precisamente el modelo más frágil ante cada una de estas fuerzas. Se automatiza fácilmente porque es repetitivo. Se desintermedializa porque es estandarizable. Y deja de atraer al turista cuyo ingreso se comprime porque, para él, un all-inclusive en Punta Cana es indistinguible de uno en Cancún o en Jamaica.
La crisis del modelo cerrado puede ser la oportunidad de abrir lo que nunca debió cerrarse. Turismo urbano en la Zona Colonial. Turismo rural en Constanza, en Jarabacoa, en los pueblos del Cibao profundo. Rutas gastronómicas donde el visitante no come en un buffet sino en el comedor de doña Carmen. Experiencias que involucren a toda la comunidad — acompañamiento local, al artesano, al agricultor, al músico del colmado — y donde el gasto turístico circule por el tejido económico real del país en vez de quedarse atrapado dentro de una cerca. El turismo que sobreviva a la inteligencia artificial será el que la máquina no pueda replicar: el contacto humano auténtico, distribuido, irreproducible.
Las remesas: el río que se seca
Los dominicanos en Estados Unidos enviaron más de $10 mil millones el año pasado. Ese flujo, que representa cerca del 8-9% de nuestro PIB, no es un dato macroeconómico abstracto. Es la renta que paga una madre en Santiago. Es la inversión en un colmado en La Vega. Es el enganche del apartamento en Herrera. Es la operación médica que el seguro no cubre.
La diáspora trabaja, en proporción significativa, en servicios: administración, procesamiento, logística, pequeño comercio, salud como técnicos y auxiliares. Muchos de esos empleos están en la zona de impacto directo de la automatización.
Las remesas no caerán de golpe. Caerán como cae un río cuando la sequía se instala arriba en la montaña: primero imperceptiblemente, luego cada mes un poco menos, hasta que un día la comunidad que dependía de ese río mira su cauce y lo encuentra seco.
La banca: la ironía despiadada
Cada cajero reemplazado por un ATM inteligente, cada analista de crédito sustituido por un algoritmo, cada oficial de cumplimiento desplazado por un sistema automatizado, es un empleo de clase media que desaparece. La ironía es perfecta y despiadada: el banco automatiza para ser más eficiente, elimina empleados, esos empleados dejan de poder pagar sus hipotecas, y la morosidad sube. El banco que se modernizó se enferma de su propia modernización.
La construcción: cuando las grúas se detienen
Todo lo anterior converge en un punto. Si la demanda de vivienda cae porque los compradores perdieron empleo o capacidad crediticia. Si la inversión extranjera en bienes raíces se retrae porque la diáspora tiene menos recursos. Si los proyectos hoteleros se pausan porque el turismo se contrae. Entonces las grúas se detienen.
Y cuando las grúas se detienen en República Dominicana, cientos de miles de trabajadores informales (albañiles, varilleros, carpinteros, electricistas, ayudantes, choferes de camiones de materiales) se quedan sin ingreso. No tienen seguro de desempleo. No tienen ahorros significativos. No tienen AFP porque nunca cotizaron.
Y cuando eso ocurre, cuando miles de hombres que se definían por el trabajo de sus manos se levantan cada mañana sin un lugar donde ir, ¿qué pasa después? No en las cuentas nacionales. En las calles. En las esquinas. En los hogares.
No es especulación. Es un patrón documentado en cada economía que ha vivido contracciones abruptas del empleo masculino no calificado. Sube el crimen, porque la economía informal ilícita ofrece lo que la lícita dejó de ofrecer. Sube el alcoholismo, porque el ocio forzado sin propósito busca anestesia. Sube la violencia doméstica, porque la frustración de no proveer se convierte en rabia que se descarga sobre los más cercanos. Sube el consumo de drogas, porque el mercado de sustancias sabe exactamente dónde encontrar a sus clientes: donde la esperanza se fue primero.
Nuestros barrios ya cargan esas cicatrices con los niveles de desempleo actuales. ¿Qué ocurre cuando se multiplican?
La Triple Contracción
Cada sector depende, en última instancia, de la misma variable. La capacidad de gasto del trabajador del hemisferio norte. El turista que viene, el familiar que envía remesas, el inversionista que compra. Si la inteligencia artificial comprime esa capacidad, todos nuestros pilares se debilitan al mismo tiempo. He llamado a esa convergencia La Triple Contracción : remesas, turismo e inversión extranjera directa contrayéndose simultáneamente porque las tres dependen de la misma fuente.
Y todo esto puede ocurrir mientras el PIB sigue creciendo. Producción sin circulación humana. PIB Fantasma.
III
Ahora quiero hablar de otra cosa. Quiero hablar de lo que podemos hacer. De las ventajas que tenemos y que ningún algoritmo puede abolir. De las apuestas que deberíamos estar haciendo ahora, no porque estemos seguros de que el peor escenario se materializará, sino porque la lógica de estas inversiones es virtuosa en cualquier escenario. Si la disrupción se materializa, estaremos preparados. Si no se materializa, habremos construido capacidades que nos hacen más competitivos de todas maneras.
Es la lógica de un seguro contra incendios. Nadie lo compra porque esté seguro de que su casa se va a quemar. Lo compra porque el costo de no tenerlo, si ocurre, es infinitamente mayor que el costo de la prima.
Las fronteras de la máquina
Antes de hablar de estrategias necesitamos entender las fronteras. Y para entenderlas hay que formular no una sino tres preguntas: ¿Qué no puede hacer la IA ni podrá hacer en una generación? ¿Qué podría hacer pero los humanos prefieren que no haga? Y (la más importante para nosotros) ¿qué puede hacer la IA pero cuyo valor depende precisamente de que lo haga un humano?
La tercera pregunta es nuestra mina de oro.
Un cigarro enrollado a mano en Santiago no es químicamente distinguible, quizás, de uno que podría optimizar un algoritmo de fermentación. Pero su valor de mercado depende de que un maestro tabaquero con treinta años de experiencia lo haya enrollado; de que haya sentido la textura de la hoja con los dedos, calibrado la tensión por tacto, detectado imperfecciones que ningún sensor replica. Si la máquina lo hace, deja de ser lo que es. La humanidad del proceso no es un defecto de producción. Es el producto.
Un plato de chivo liniero preparado en Elías Piña con la receta de cuatro generaciones. Un chocolate bean-to-bar de Altamira. Un café de especialidad de Jarabacoa cosechado en ladera por manos que conocen cada árbol. Estos productos no compiten con la producción automatizada; compiten contra ella, y su valor crece cuanto más abundante es lo artificial.
Y luego está lo que la máquina podría hacer pero que preferimos que no haga. Nadie quiere que un robot cuide a su madre anciana. Nadie acepta que su hijo de seis años sea educado emocionalmente por una pantalla. Nadie quiere que un algoritmo decida la custodia de sus hijos. Estas preferencias no son caprichos sentimentales; son convicciones civilizacionales que se mueven lentamente, mucho más lentamente que la tecnología.
Hay un principio en ingeniería de sistemas que llaman la Ley de Amdahl: cuando aceleras algunos componentes de un proceso, los que no se han acelerado se convierten en el factor limitante y, paradójicamente, en los más valiosos. Amodei lo ilustró con un ejemplo que merece atención: la inteligencia artificial ya supera a los radiólogos en la lectura de escaneos médicos, pero los radiólogos no han desaparecido. Lo que hacen ahora es acompañar al paciente, explicarle lo que el escaneo dice, sostenerle la mano cuando la noticia es difícil. La parte más técnica del oficio fue absorbida por la máquina; la parte más humana se volvió irremplazable. Lo que el maestro tabaquero de Santiago hace con sus dedos, lo que el electricista hace en una casa sin planos, lo que la señora de la fonda hace cuando te cuenta mientras te sirve: eso es el componente que la aceleración tecnológica no puede tocar. Y cuanto más se acelere todo lo demás, más valioso será.
Nuestra autenticidad como dominicanos
Quiero hablar de un activo intangible que rara vez aparece en los documentos de política económica pero que puede terminar siendo nuestra ventaja competitiva más importante.
He viajado por el mundo. He estado en los países más desarrollados de Europa y en los pobres de África. Cada lugar tiene su particularidad, su carácter, su forma de recibir al que llega. Quizás porque yo nací en Santo Domingo veo esta oportunidad con un sesgo que debería declarar. Pero ese aparente sesgo desaparece cuando tantos extranjeros me confirman lo que vengo diciendo: somos especiales. Solidarios. Empáticos. Alegres. Acogedores. Con una capacidad de conexión humana que no se enseña en ningún curso y que no se programa en ningún algoritmo.
Ya lo dijo Don Freddy Ginebra, con palabras que merecen ser leídas despacio:
“Ser dominicano no tiene una sola definición. Es un sentimiento. Es una actitud. Es hasta una manera de ver la vida. Es fe. Es esperanza. Es creer en el mañana. Es saber que el calor que sientes no es el sol, sino el amor bonito de toda una nación. Es alegrarte por el logro del otro como si fuera el tuyo propio; celebrar lo que somos, lo que hemos logrado y lo que juntos construiremos. Eso es ser dominicano.”
En el futuro, seguramente, alguien querrá venir a nuestras playas. Pero más seguramente querrá venir a conocer a los dominicanos . A sentarse en un comedor de barrio donde la señora que cocina te cuenta la historia del plato (y la de su vida) mientras te sirve. A caminar por un pueblo del Cibao donde la gente te saluda sin conocerte. A conversar con un pescador de Samaná que sabe más del mar que cualquier documental. A bailar bachata donde la bachata nació, con quien la inventó bailándola.
Es exactamente el modelo opuesto al resort cerrado que describí antes. Y es, por eso mismo, el modelo que sobrevive.
Eso no se automatiza. Eso no se replica. Eso no se comprime en un algoritmo ni se transmite por unos lentes de realidad aumentada como los que yo uso.
Primera apuesta: la República de los Oficios
Digo esto sabiendo que suena contraintuitivo en un país donde “estudiar una carrera” sigue siendo sinónimo de progreso y el trabajo manual carga un estigma social que no merece: el futuro más resiliente que podemos construir pasa por dignificar, certificar y exportar oficios técnicos calificados.
Un electricista que entra a una casa construida en 1972, sin planos originales, con cableado modificado tres veces por tres dueños distintos, y tiene que resolver un cortocircuito que podría ser cualquier cosa: ese electricista opera en un entorno que la robótica actual no puede navegar. No es un problema de inteligencia; es un problema de destreza física adaptativa en contextos que nunca se repiten.
Lo que necesitamos es un Sistema Nacional de Certificación de Oficios con estándares internacionales reconocidos. El INFOTEP debería transformarse en la institución de formación técnica más prestigiosa del Caribe. Filipinas construyó una marca-país alrededor de la enfermería. Nosotros podemos hacerlo con los oficios técnicos, si construimos el sistema de certificación que lo haga creíble.
Segunda apuesta: la Isla del Cuidado
El mundo desarrollado envejece más rápido que el Caribe. Japón, Alemania, Italia, Corea del Sur enfrentan una crisis de cuidado geriátrico que la IA puede asistir pero no resolver, porque cuidar a un anciano no es un problema de información. Es un problema de presencia. De estar ahí, con el cuerpo, con paciencia, con ternura.
Valdría la pena crear una Escuela Caribeña de Ciencias del Cuidado con certificación internacional, y escalar la Ley 171-07 para convertir a la República Dominicana en destino de retiro de alta calidad. La infraestructura hotelera que la contracción turística dejará parcialmente ociosa puede reconvertirse para este fin. Y aquí converge nuestra ventaja cultural con la oportunidad económica: el jubilado alemán o estadounidense que viene a vivir aquí no viene solo por el clima. Viene por la calidez. Por el vecino que le pregunta cómo amaneció. Por la humanidad que encontró aquí y que no encontraba en su país.
Tercera apuesta: la Marca Artesanal Caribeña
Necesitamos denominaciones de origen protegidas (al estilo de las “ Denominazione di Origine Controllata ” o DOC italianas) para cigarros, cacao, café, ron. Y cadenas de trazabilidad digital que le permitan al consumidor en Berlín verificar que el cigarro fue enrollado por un maestro identificable, que el cacao fue cosechado en una finca específica.
Aquí aparece una paradoja hermosa: usar la tecnología para certificar la humanidad del producto . Los agentes de IA que planifican compras para consumidores globales necesitan datos para discriminar. Si la certificación dominicana existe y es rigurosa, esos agentes la usarán como criterio de selección. La misma tecnología que destruye empleos en los call centers puede vender los productos que solo manos dominicanas pueden hacer.
Cuarta apuesta: el Hub Energético Caribeño
La República Dominicana tiene una de las irradiaciones solares más altas del hemisferio. Los centros de datos que alimentan la inteligencia artificial necesitan cantidades enormes de energía renovable, y la necesitan cerca de los mercados del este de Estados Unidos. La tecnología que nos amenaza necesita lo que nuestro sol produce.
Y la instalación de esa infraestructura solar genera empleo técnico local que la robótica no puede hacer, porque cada techo es diferente, porque cada instalación es un problema físico único. La primera apuesta alimenta la cuarta: los técnicos certificados instalan los paneles que alimentan los centros de datos que corren la IA. La cadena se cierra, pero esta vez con un dominicano en el eslabón que no puede ser reemplazado.
IV
El Estado dominicano: diseñado para un mundo que se acaba
Más de 700,000 personas en la nómina pública. Ese número es el resultado de décadas de una lógica política que usó el empleo estatal como mecanismo de estabilización social, como moneda de intercambio electoral, y como sustituto de un sistema de protección social que nunca se construyó adecuadamente. Una proporción significativa de esos empleados realiza funciones que la tecnología disponible hoy (no en cinco años, hoy) puede hacer mejor, más rápido y sin errores. Las estimaciones que circulan sugieren que al menos 200,000 posiciones son funcionalmente automatizables.
El ahorro fiscal potencial es enorme. La crisis social de eliminarlas, también.
La honestidad que falta
Aquí es donde necesito decir algo que sé que no será popular, pero que es necesario.
La propuesta más elegante (reclasificar masivamente a esos 200,000 empleados, reentrenarlos como agentes de transición laboral, cuidadores geriátricos, extensionistas tecnológicos, mediadores comunitarios) suena bien en un documento de política pública. Pero la viabilidad de esa reconversión choca frontalmente con una realidad que conocemos, pero rara vez nombramos.
El capital humano del servicio público dominicano es, en una proporción significativa, de baja formación. No por culpa de los individuos, sino por culpa de un sistema que durante décadas contrató sin criterio de mérito, que no invirtió en capacitación sostenida, y que premió la lealtad política sobre la competencia profesional. Reconvertir a una persona de 48 años que ha pasado veinte años digitando formularios en un analista tecnológico capaz de enseñar a una pyme a usar inteligencia artificial requiere no solo un programa de formación sino un cambio de mentalidad, de hábitos, de relación con el aprendizaje. Eso es extraordinariamente difícil de lograr a escala masiva.
No digo que sea imposible. Digo que es mucho más difícil de lo que los documentos de política pública suelen admitir. La honestidad exige reconocer que habrá una generación de transición: personas que no podrán ser reconvertidas plenamente, que necesitarán apoyo directo, transferencias, redes de contención social. Y que financiar esa contención mientras se invierte simultáneamente en formar a la próxima generación para un mundo diferente requerirá recursos que hoy no tenemos. Lo cual nos devuelve, una vez más, a la reforma fiscal.
La bomba de las pensiones
El sistema de pensiones de la Ley 87-01 fue diseñado para una economía en crecimiento sostenido con empleo formal en expansión, donde cada generación tendría más cotizantes que la anterior. Ninguna de esas condiciones se cumple como se proyectó. La fecundidad cae. La informalidad persiste. El desplazamiento tecnológico erosionará aún más la base de cotizantes. Y una mayoría de los afiliados llegará a la edad de retiro con fondos que no alcanzan para una pensión digna.
Y a esa erosión se suma una exclusión de origen que rara vez se discute con la franqueza necesaria: los cuentapropistas — el chofer de concho, la dueña del salón de belleza del barrio, el plomero que trabaja por cuenta propia, el vendedor del mercado, la costurera de Sabana Perdida — nunca fueron incorporados al sistema de manera efectiva. La ley los contempla en el papel. La realidad administrativa los dejó afuera. Sin mecanismos ágiles de cotización, sin incentivos reales, sin una infraestructura de registro que se adapte a la irregularidad de sus ingresos, cientos de miles de dominicanos que trabajan todos los días llegarán a la vejez sin un centavo acumulado en ningún fondo. Y cuando la automatización desplace a más trabajadores del empleo formal hacia el cuentapropismo — como ya está ocurriendo — esa exclusión no se reducirá. Se multiplicará.
El Pilar Solidario (que debería cubrir a quienes no alcanzan la pensión mínima) depende de transferencias del presupuesto público. El mismo presupuesto que ya no puede con la nómina, la deuda y el subsidio eléctrico. La Ley 87-01 hizo promesas que la economía dominicana no está en camino de cumplir.
La reforma que nadie menciona: protección de datos y uso ético de la IA
Pensemos en el sector salud. La IA tiene el potencial de revolucionar la atención médica. Pero ese potencial viene atado a un peligro enorme. La información médica de los dominicanos fluye hoy, sin regulación adecuada, entre médicos, hospitales, clínicas, farmacias y aseguradoras. No está compartimentalizada. No está protegida por estándares rigurosos de privacidad.
Una aseguradora con acceso a los historiales médicos completos de sus afiliados, procesados por un algoritmo de IA, puede identificar patrones de riesgo y negar cobertura a quienes más la necesitan. Un empleador con acceso a información de salud puede tomar decisiones de contratación basadas en condiciones médicas confidenciales. Un banco puede negar crédito basándose en perfiles de salud que el solicitante nunca supo que estaban siendo evaluados.
Sin reforma de protección de datos, la inteligencia artificial no solo nos quitará empleos. Nos quitará derechos.
¿Para quién es el crecimiento?
Si el PIB dominicano crece un 4% anual durante los próximos diez años pero ese crecimiento se concentra en resorts automatizados, zonas francas robotizadas, puertos sin estibadores y bancos sin cajeros, ¿para quién estamos creciendo? Si las cuentas nacionales muestran una economía próspera pero las cuentas de los hogares muestran una sociedad empobrecida, ¿cuál de las dos realidades es la verdadera?
Un país puede producir más y prosperar menos. Puede ser más eficiente y más desigual. Puede crecer en los papeles y vaciarse en las calles.
V
El espejismo del “nativo digital”
Hay un mito peligroso en la sociedad dominicana: creemos que porque nuestros hijos saben usar TikTok desde los tres años y manejan una tablet con destreza, están preparados para el futuro tecnológico.
Es una ilusión óptica.
Consumir algoritmos no es lo mismo que comandarlos.
La verdadera brecha digital ya no se mide por quién tiene acceso a internet o a un teléfono inteligente. Se mide por quién sabe usar la inteligencia artificial para multiplicar su capacidad cognitiva y quién está siendo pasivamente moldeado por ella. He pensado mucho en cómo nombrar lo que viene: la nueva brecha no será solo entre quienes tienen capital y quienes venden su fuerza laboral. Será entre quienes trabajan con la máquina y quienes compiten contra ella.
Los orquestadores y los desplazados. Las nuevas clases sociales de la era de la inteligencia.
Un sistema educativo diseñado para el siglo equivocado
El Ministerio de Educación y nuestras universidades siguen, en gran medida, preparando a los estudiantes para un mundo que dejó de existir. Seguimos premiando la memorización de datos, la repetición de procesos, la obediencia a instrucciones estructuradas y la resolución de ecuaciones estandarizadas.
La inteligencia artificial ya memoriza, repite y procesa instrucciones estructuradas infinitamente mejor que el estudiante más brillante del país. Si le enseñamos a nuestros hijos a ser calculadoras humanas o procesadores de texto, los estamos entrenando para perder.
Lo que ninguna máquina tiene, y lo que debería ser el centro absoluto de la educación dominicana desde hoy, es pensamiento crítico . Capacidad de adaptación . Empatía . Resolución de problemas complejos donde las variables son ambiguas. Juicio ético frente a dilemas donde no hay respuesta correcta. Capacidad de formular las preguntas correctas, no de recitar las respuestas prefabricadas.
Es una paradoja que debería darnos esperanza: para sobrevivir a la era de las máquinas, necesitamos que nuestras escuelas enseñen filosofía, lógica y humanidades con más urgencia que nunca. El futuro no pertenece al que sepa más datos. Pertenece al que sepa pensar mejor.
La IA como fuerza democratizadora
La inteligencia artificial no es solo una amenaza para los grandes pilares de la economía. Es también, simultáneamente, la mayor fuerza democratizadora que ha conocido la historia empresarial.
Hoy, la dueña de una pequeña boutique en Villa Consuelo o el propietario de una ferretería en Los Guaricanos pueden acceder a herramientas de análisis de inventario, marketing predictivo y servicio al cliente multilingüe que hace tres años costaban cientos de miles de dólares y solo estaban disponibles para las grandes cadenas multinacionales. La IA nivela el campo de juego. El colmadero que use un modelo de IA para predecir su demanda, gestionar su inventario y comunicarse con sus proveedores en tiempo real no solo sobrevivirá: prosperará.
Pero solo si alguien le enseña que esas herramientas existen. Solo si alguien le muestra cómo usarlas. Solo si el acceso no depende de cuánto puede pagar ni de dónde nació.
La IA puede ser la gran niveladora o la gran amplificadora de desigualdades. Cuál de las dos será en la República Dominicana depende de decisiones que debemos tomar ahora.
La tierra que nos alimenta
La agricultura de precisión (drones que monitorean cultivos, sensores que miden humedad del suelo en tiempo real, modelos de IA que predicen plagas y optimizan riego) no es ciencia ficción para países ricos. Es tecnología disponible hoy, a costos decrecientes, que puede transformar la productividad agrícola dominicana.
Un agricultor del Valle del Cibao equipado con un sistema de predicción climática asistido por IA puede tomar decisiones de siembra que antes requerían décadas de experiencia acumulada. Una cooperativa de productores de arroz con sensores de humedad conectados puede reducir su consumo de agua en un 30% sin perder rendimiento. Un ganadero de Monte Plata con un dron de $800 puede monitorear 500 tareas de pasto en una mañana.
La República Dominicana no tiene por qué ser solo un consumidor pasivo de la tecnología que desarrollan en el hemisferio norte. Podemos ser adoptantes tempranos. El mercado hispanohablante de soluciones agrotech es enorme y está insuficientemente atendido. Ahí hay una oportunidad que nadie en este país está persiguiendo con la seriedad que merece. Estamos muy cerca. Vi muchas aplicaciones en desarrollo en mi tiempo en Costa Rica en el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA).
Soberanía de datos: la pregunta geopolítica que nadie formula
La inteligencia artificial no vive en el aire. Vive en servidores, en cables submarinos, en microchips fabricados en fábricas que se cuentan con los dedos de las manos. Y la República Dominicana está en el medio del Caribe, un tablero de ajedrez donde las piezas de Estados Unidos y China se mueven con creciente agresividad.
¿De quién será la infraestructura de IA que use el Estado dominicano? ¿En qué servidores se almacenarán los historiales médicos de nuestros ciudadanos? ¿Bajo qué jurisdicción se procesarán los datos biométricos que el gobierno ya recopila? La soberanía de datos no es un concepto abstracto para académicos. Es una cuestión de seguridad nacional. Un país que no controla sus datos no controla su destino.
El propósito, la identidad y la soledad
El trabajo no es solo una forma de ganarse la vida. En nuestra cultura, es una fuente fundamental de identidad, dignidad y propósito. El albañil no solo construye paredes; construye el relato de su vida. El empleado de banco no solo procesa transacciones; ocupa un lugar en su comunidad, en su familia, en la imagen que tiene de sí mismo. Cuando el trabajo desaparece, no desaparece solo el ingreso. Desaparece el sentido.
Ya describí lo que pasa con la economía cuando el empleo se contrae. Pero lo que le pasa a un hombre que deja de tener razón para salir de su casa cada mañana no aparece en ningún modelo econométrico. Aparece en la sala de emergencias. En el cuartel de la policía. En el silencio de una casa donde antes había conversación.
Y al mismo tiempo, la hiperpersonalización de la IA (los compañeros virtuales, los algoritmos que te aíslan en burbujas de contenido, las interfaces que sustituyen la conexión humana por la simulación de conexión) amenaza precisamente lo que hace fuerte a la sociedad dominicana: la cohesión comunitaria, el sentido de pertenencia, la solidaridad de barrio.
Por eso la “Isla del Cuidado” y la “República de los Oficios” no son solo estrategias económicas. Son salvavidas emocionales. Son la apuesta por un modelo de sociedad donde el ser humano sigue siendo necesario no porque sea más eficiente que la máquina, sino porque su presencia tiene un valor que la eficiencia no puede medir.
El nuevo contrato social: ¿quién paga cuando la máquina trabaja?
Si el capital captura una proporción creciente de la productividad y el trabajo humano se devalúa, ¿cómo se sostiene el consumo? ¿Cómo se financia la seguridad social? ¿Cómo se mantiene la cohesión de una sociedad donde millones de personas ya no son necesarias para producir lo que el país produce?
En Europa y en partes de Norteamérica se discuten esquemas de ingreso básico universal, dividendos tecnológicos, impuestos a la automatización . Son debates incipientes, imperfectos, llenos de objeciones legítimas. Pero son debates que al menos reconocen la magnitud del problema.
En la República Dominicana, ese debate no existe. Y necesita existir. El sistema tributario dominicano grava fundamentalmente el trabajo y el consumo. Si el trabajo formal se contrae y el consumo se debilita, la base fiscal se derrumba. La reforma fiscal no puede limitarse a subir tasas sobre la misma base de siempre. Tiene que repensar qué se grava en una economía donde las máquinas producen y los humanos, cada vez menos.
VI
Lo que necesitamos, sin adornos
Uno. La reforma fiscal. No el año que viene. No después de las elecciones. Ahora.
Dos. Un Sistema Nacional de Certificación de Oficios con acreditación internacional.
Tres. Honestidad sobre los límites de la reconversión del empleo público, acompañada de una red de contención para quienes no podrán ser reconvertidos y de una inversión agresiva en la formación de la próxima generación.
Cuatro. La reforma del sistema de pensiones antes de que la realidad la imponga del peor modo posible.
Cinco. Una ley de protección de datos personales y un marco regulatorio para el uso ético de la inteligencia artificial.
Seis. Una estrategia de marca-país alrededor de productos artesanales con denominaciones de origen y trazabilidad verificable.
Siete. Una apuesta seria por la energía renovable como plataforma de empleo técnico y atracción de inversión.
Ocho. La transformación del sistema educativo desde los cimientos, con énfasis en pensamiento crítico, humanidades y apropiación crítica de la tecnología.
Nueve. La construcción de capacidad institucional para gestionar transformaciones de largo plazo: despolitizar el servicio civil, profesionalizar la gestión pública, crear mecanismos de planificación que sobrevivan a los cambios de gobierno.
Hacia una Estrategia Nacional de Desarrollo de Segunda Generación
Termino con una propuesta y con un acto de fe.
La propuesta: la República Dominicana necesita diseñar, con la mayor urgencia y la mayor amplitud de participación posible, lo que denomino una Estrategia Nacional de Desarrollo de Segunda Generación . No una actualización de la Estrategia Nacional de Desarrollo 2030 que ya existe, que fue pensada en un mundo pre-IA con supuestos que ya no se sostienen. Algo nuevo. Algo que parta de la realidad de hoy y mire con lucidez hacia la realidad de mañana.
¿Qué significa “de segunda generación”?
Significa que no puede ser un documento rígido con metas fijas a quince años, porque el mundo cambia demasiado rápido para eso. Tiene que ser un marco estratégico con la suficiente flexibilidad para ajustarse a medida que la tecnología, la geopolítica y la demografía reconfiguran el terreno. No un plan quinquenal al estilo soviético, sino una brújula con mecanismos de revisión incorporados: principios claros, metas adaptables, indicadores que se actualizan, y la honestidad institucional de reconocer cuándo un supuesto dejó de ser válido y hay que cambiar de rumbo.
Significa que no puede ser diseñada por un solo partido, un solo gobierno, ni un solo sector. Tiene que nacer de una conversación nacional genuina, d onde los que saben escuchen a los que viven , donde los economistas hablen con los educadores, donde los empresarios escuchen a los trabajadores que van a perder sus empleos, donde la diáspora tenga voz porque su futuro también está en juego, donde los jóvenes participen porque son ellos quienes heredarán las consecuencias de lo que hagamos o dejemos de hacer.
El acto de fe
Puedo señalar todo lo que está mal. Puedo describir con detalle los riesgos, las omisiones, las incapacidades del liderazgo, la inercia de las instituciones, la fragilidad de nuestra fiscalidad, la precariedad de nuestro sistema educativo, la vulnerabilidad de cada pilar económico que sustenta la vida de millones de dominicanos.
Pero si me quedara solo en el diagnóstico, estaría traicionando algo que aprendí de Andy aquella tarde mientras sostenía sus libros entre las manos: que las generaciones se relevan no para repetir las lamentaciones de la anterior, sino para intentar resolver lo que la anterior no pudo.
La inteligencia artificial nos va a quitar muchas cosas. De eso no tengo duda. Nos quitará empleos, nos quitará certezas, nos obligará a replantear el significado del trabajo, de la educación, de la prosperidad, del contrato social mismo. Pero nos está devolviendo también, con una claridad implacable, la necesidad de ser profundamente, innegablemente humanos .
Y eso, los dominicanos, lo sabemos hacer.
Lo supimos cuando un ciclón destruyó medio país y los vecinos reconstruyeron sin esperar al gobierno. Lo supimos cuando una diáspora de millones construyó, remesa por remesa, la infraestructura social que el Estado no proveía. Lo supimos cada vez que la solidaridad del barrio suplió la ausencia de la política pública.
Ahora necesitamos esa misma energía, pero organizada. No espontánea sino estratégica. No reactiva sino anticipatoria. No dispersa sino articulada en una visión nacional que reconozca tanto lo que somos como lo que podemos llegar a ser.
Comencé este ensayo una tarde de febrero en una fundación, conversando con un economista que tuvo la honestidad de decirme que no sabía cómo proyectar el futuro. Esa honestidad fue un regalo, porque me obligó a intentarlo.
No sé si lo que he escrito es correcto en todos sus detalles. Sé que es necesario. Sé que alguien tenía que ponerlo sobre la mesa. Sé que la peor respuesta a la incertidumbre es el silencio.
El canario sigue cantando. Pero esta vez quiero escuchar otra cosa junto a su canto. Quiero escuchar el sonido de las sillas moviéndose: personas que se sientan a la mesa, que abren los documentos , que empiezan a diseñar la estrategia , que discrepan entre sí (porque discrepar es avanzar), que pelean por los detalles , pero coinciden en la dirección .
El futuro no está escrito. Ni el peor escenario es inevitable ni el mejor se construye solo. Lo que está escrito es el costo de no hacer nada.
Y ese costo, la República Dominicana no se lo puede permitir.
Preguntas frecuentes
¿Qué es la diplomacia?
La diplomacia es el conjunto de métodos, prácticas e instituciones mediante los cuales los Estados conducen sus relaciones exteriores por vías pacíficas: negociación, representación, protección de nacionales, información y promoción de intereses nacionales.
¿Cuál es la diferencia entre diplomacia y política exterior?
La política exterior define los objetivos que un Estado persigue fuera de sus fronteras; la diplomacia es el instrumento profesional que los ejecuta. Una decide el qué, la otra resuelve el cómo.
¿Qué funciones cumple una misión diplomática?
Según la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas (1961): representar al Estado acreditante, proteger sus intereses y los de sus nacionales, negociar con el Estado receptor, informarse por medios lícitos y fomentar relaciones amistosas, económicas, culturales y científicas.
