República Dominicana

La piedra, el perro y el saco de plátanos

Por Josué FialloFundación Diplomacia Dominicana

«Yo estaba tratando de conseguir un cierto número de personas que, de acuerdo con todos los criterios burgueses, fueran consideradas como gente que no tiene ningún valor moral o trascendencia social.»

— Jean-Louis Jorge, sobre Las serpientes de la luna de los piratas

I

En marzo de 2000 yo tenía diecinueve años, estudiaba derecho en la Universidad Iberoamericana (UNIBE) en Santo Domingo y trabajaba como paralegal en el Departamento de Homicidios de la Policía Nacional, adscrito a la Fiscalía del Distrito Nacional. La Avenida Francia separa la universidad del Palacio de la Policía Nacional. Por las mañanas yo entraba al «palacio»; por las tardes y noches, al aula. Dos mundos separados por una calle y por todo lo demás.

Mi trabajo consistía en apoyar a los fiscales en la instrucción de casos: documentar procesos, tramitar expedientes, interactuar con los oficiales actuantes. Mis superiores eran los ayudantes del fiscal del Distrito Nacional: E.B., F.S., M.C. y P.A. De P.A. recuerdo, con una nitidez que no se borra, su pistola Colt 45 oxidada por dentro, envuelta en papel de periódico, que cargaba al cinto como si fuera lo más natural del mundo. Esa pistola era, en cierto modo, una metáfora de todo lo que me rodeaba: un instrumento del Estado que por fuera parecía cumplir su función y por dentro estaba corroído.

El encargado del Departamento de Homicidios de la Policía Nacional era el coronel G.A.E., un hombre joven y esbelto, de porte atlético y mirada que calculaba antes de hablar: el tipo de oficial que la institución llamaría sagaz y que sus subordinados obedecían con esa mezcla particular de respeto y cautela que produce el mando a la antigua. Dirigía aquella sección con autoridad y sin demasiadas preguntas. Sobre él, sobre el Palacio entero, mandaba el mayor general P.d Js.C., jefe de la Policía Nacional, un hombre al que muchos llamaban «mano dura» y al que un expresidente había tildado alguna vez de «primitivo» por sus excesos. Bajo la jefatura de C., las torturas en los cuarteles policiales eran frecuentes. En mayo de ese mismo año 2000, apenas dos meses después del caso que aquí narro, el gobierno de los Estados Unidos suspendería casi un millón de dólares en ayuda a la Policía Nacional por los reiterados abusos y ejecuciones extrajudiciales. Ese era el ecosistema institucional en el que yo trabajaba a los diecinueve años.

A esa edad uno cree que entiende lo que ve. Aprendí, en aquel marzo, que lo más difícil no es ver lo que sucede, sino decidir qué hacer cuando lo que ves contradice todo lo que te enseñan del otro lado de la calle.

Conviene situar al lector en aquella época, porque el tiempo transcurrido tiende a aplanar las diferencias. En marzo de 2000 no existían las redes sociales ni ninguna plataforma donde un ciudadano pudiera documentar en tiempo real lo que ocurría dentro de un destacamento. La presión sobre la Policía era social y mediática (periódicos, revistas, noticiarios de televisión) pero no inmediata ni viral. Un detenido podía ser torturado durante semanas sin que nadie fuera de aquellas paredes se enterara, salvo que alguien decidiera hablar. En la Policía Nacional no teníamos celulares de trabajo y muchas veces no había electricidad. El internet era por conexión dial-up. Las computadoras portátiles (las pocas que existían) eran del tamaño de una resma de papel, pesaban varios kilos, pantallas LCDs de baja resolución y sus baterías duraban poco. Yo tenía un celular analógico, un Nokia 252, que era ya un pequeño lujo para un estudiante universitario. Una laptop, en ese contexto, no era un objeto cualquiera: era un bien costoso, conspicuo, difícil de esconder y fácil de rastrear. Los asesinos de Jean-Louis Jorge no lo sabían. Y esa ignorancia, al final, fue lo que los delató.

Para completar el cuadro: faltaban apenas dos meses para las elecciones presidenciales de mayo de 2000. El país estaba en plena campaña electoral. Las autoridades tenían la cabeza en otra parte. Los homicidios se acumulaban, los expedientes se apilaban, y cada caso era un problema que resolver con rapidez; no con rigor.

II

El lunes que asesinaron a Jean-Louis Jorge yo no estaba en la oficina. Me encontraba atendiendo otro caso en un punto alejado de la ciudad, junto al capitán Inés y a la ayudante del fiscal E.B. No fui a la escena del crimen. No vi el apartamento aquella primera vez. Pero seguí todo lo que vino después: los interrogatorios, el levantamiento de la autopsia con Patología Forense, la maquinaria lenta y ruidosa de un sistema que se ponía en marcha ante un muerto célebre.

Jean-Louis Jorge tenía cincuenta y dos años. Había nacido en Santiago de los Caballeros. La Revista Rumbo , en su edición del 20 de marzo de aquel año, lo describió como uno de los grandes productores del mundo del espectáculo dominicano, un hombre que había decidido traer al país un caudal inmenso de conocimientos y cultura adquiridos en Europa. En el momento de su muerte estaba en plena actividad creadora: trabajaba en el montaje de espectáculos para Miss Mundo y Miss Universo, seguía produciendo los premios Casandra y era uno de los productores creativos más respetados del país. Quién era Jean-Louis Jorge lo contaré más adelante. Por ahora basta saber que lo que se detuvo en aquel apartamento de la avenida México no fue una vida cualquiera.

El cuerpo fue encontrado por una empleada del servicio al llegar al apartamento. El lugar quedaba a pocas cuadras del propio Palacio de la Policía Nacional y del Palacio Presidencial, en una zona relativamente segura del Distrito Nacional. La puerta estaba cerrada por dentro con llave. No había roturas, ni señales de violencia en los accesos, ni cristales rotos, ni cerraduras forzadas. Nada que sugiriera la irrupción de un extraño.

El cadáver yacía en la habitación. En el suelo, cerca del cineasta, una gran piedra. Una herida brutal en un lado del cráneo y heridas por arma blanca en el cuello y el tórax. La piedra y el cuchillo. Y el perro (un dálmata adulto) estaba encerrado en un espacio detrás del área de lavado, separado de su dueño por una puerta que alguien había cerrado con deliberación.

Se levantaron huellas digitales de toda la escena. Dactiloscopía indicó que solo se encontraron dos juegos: las del propio Jean-Louis Jorge y las de su chofer, un joven de poco más de veinte años.

Del apartamento habían desaparecido televisores, equipos de video y una computadora portátil, entre otros objetos. Todo apuntaba a un robo. Pero la Policía Nacional, con su particular forma de leer las evidencias, decidió mirar hacia otro lado.

III

La noticia del asesinato estremeció a la comunidad artística dominicana y a la sociedad en su conjunto. La Revista Rumbo tituló: «Muerte brutal para un creador exquisito». La prensa reclamaba con urgencia la captura de los responsables. Una semana después, el 27 de marzo, la misma revista preguntaba en sus páginas: «¿Estará consciente la Policía Nacional de la presión que tiene para esclarecer el crimen de Jean Louis Jorge?»

La Policía estaba consciente. Pero su forma de responder a la presión era la única que conocía: una redada.

El primer detenido fue el chofer de Jean-Louis, el joven cuyas huellas habían aparecido en la escena. Fue trasladado al Palacio de la Policía, donde permaneció bajo custodia. La lógica era sencilla, casi perezosa: sus huellas estaban en el apartamento, era joven, era pobre, era el más cercano. Para el aparato policial dominicano de entonces (y quizás de siempre) eso bastaba.

Pero la Policía no se detuvo ahí. Al día siguiente detuvieron a Isidro Bobadilla (mejor conocido como ‘El Boba’), percusionista de Juan Luis Guerra y 4.40, amigo cercano de Jean-Louis Jorge. Y aquí la ironía adquiere una densidad casi insoportable: Jorge había dirigido el videoclip de Amor de conuco para el grupo de Juan Luis catorce años antes. Su amistad era antigua, profesional, pública. Nada de eso importó.

Bobadilla fue exhibido públicamente como sospechoso, sometido a interrogatorio y retenido. La prensa, alimentada por las filtraciones policiales, dejó caer la insinuación de que su cercanía con el cineasta era de otra naturaleza, adjudicándole una condición sexual que no le pertenecía y que, aun si le hubiera pertenecido, no era asunto del Estado ni de la opinión pública. Se intentaba, como siempre, la doble muerte: al muerto, la muerte moral; al amigo, la destrucción de su reputación.

Bobadilla fue liberado sin cargos. Tan pronto salió del centro de detención se dirigió a Santiago (a ciento cincuenta y cinco kilómetros al norte) para asistir al sepelio de su amigo. La Policía nunca se disculpó.

Mientras tanto, la Policía, partiendo de la presunción sobre la orientación sexual de Jean-Louis Jorge, emanó una orden que yo mismo escuché: las patrullas recibieron la instrucción de «recoger a todos los pájaros que encuentren en la calle».

Así, textualmente. No una investigación focalizada. No una búsqueda de testigos. Una redada masiva por orientación sexual e identidad de género porque «debía resolverse el caso».

Cada mañana de esos días, al llegar al Palacio de la Policía, yo encontraba decenas de nuevos detenidos en la carcelita del patio: gais, transexuales, travestis, trabajadores sexuales, la mayoría de ellos personas pobres recogidas de las calles durante la noche. Hacinados, sin cargos, sin abogado, sin la menor posibilidad de defensa, retenidos por el solo hecho de existir en un país donde su existencia ya era, para la Policía, motivo de sospecha. Prejuicio convertido en política de Estado.

La Policía no buscaba al asesino de Jean-Louis Jorge. Buscaba al tipo de persona que, según su imaginación sociológica, debía ser un asesino.

IV

En varias oportunidades estuve presente en los interrogatorios del chofer. En cada ocasión, el joven decía lo mismo: que lo estaban torturando. Que lo golpeaban. Que lo dejaban esposado a un tubo en el techo para que no pudiera sentarse ni dormir. En privado el chofer contó algo más: que en uno de aquellos días la Policía lo había sacado del Palacio con los ojos vendados y lo había llevado al Malecón. Allí, con la venda puesta y el sonido del mar de fondo, le dispararon a un costado. No para matarlo; para que creyera que iban a matarlo. Para que en el segundo de terror entre el disparo y el silencio, desbordado de pánico, confesara lo que no había hecho. El mar y la pólvora. Y un joven que no sabía si seguía vivo.

Al principio no le creí.

Esa confesión me avergüenza todavía, pero es la verdad. Tenía diecinueve años y aún no había aprendido a desconfiar de las instituciones tanto como a confiar en el testimonio de los vulnerables. El uniforme todavía me imponía cierto respeto. La rutina del sistema, una falsa sensación de orden.

Pero algo empezó a inquietarme. Decidí, por cuenta propia, ir a buscar al detenido en varias ocasiones para constatar su estado. Y cada vez que iba, lo habían movido. Un día estaba en la sección de Robos. Otro día en el Servicio Secreto. Después en Falsificaciones. Luego en Desaparecidos. Más tarde en Antinarcóticos. Lo rotaban de oficina en oficina como quien esconde un objeto incómodo en cajones distintos, esperando que nadie pregunte.

Fue en esos recorridos por los pasillos del Palacio donde entendí que el joven no mentía. Que la tortura no era una exageración ni un recurso de defensa. Era el método. El método de siempre.

Mientras lo golpeaban con una guía telefónica en el tórax en el Palacio, mientras lo colgaban de un tubo para que confesara lo que no había hecho, los verdaderos asesinos ya habían vendido la computadora portátil de Jean-Louis Jorge en la playa de Boca Chica.

V

Tomé entonces una decisión que, vista desde la distancia de veintiséis años, considero el primer acto genuinamente propio de mi vida adulta.

Fui al despacho del Procurador Fiscal del Distrito Nacional. Pedí que me recibiera. Me recibió. Le expuse, a título personal, lo que había observado: las condiciones del detenido, la rotación entre departamentos, las señales de maltrato. No hablé como paralegal ni como funcionario. Hablé como testigo de algo que no debía seguir ocurriendo en silencio.

Además de la conversación, le dejé una nota firmada. En ella le informaba de mis observaciones y le comunicaba que, a partir de ese momento, había decidido dejar de trabajar en aquel lugar. Él todavía conserva esa nota; hace no mucho tiempo me envió una foto.

No recuerdo si tuve miedo. Sí recuerdo que sentí una claridad nueva, como cuando cruzas un umbral que no sabías que existía y descubres que del otro lado se respira distinto.

VI

Pocos días después la autoridad máxima del Ministerio Público, el Procurador General de la República, César Pina Toribio, se apersonó a las oficinas en el Palacio de la Policía y ordenó una revisión exhaustiva del caso. No creo que mi nota fue el detonante; el revuelo público por la notoriedad de la víctima estoy seguro de que había hecho lo suyo; pero algo en mí quiere creer que quizás fue una combinación de ambas cosas. Lo cierto es que la maquinaria cambió de rumbo.

Y entonces ocurrió lo que suele ocurrir cuando la verdad no depende de la policía sino del azar, esa forma secular de la justicia divina.

Un italiano residente en Boca Chica compró una computadora portátil a un desconocido que se la ofreció a un precio irrisorio. En el año 2000, una laptop era un objeto lo suficientemente raro y valioso como para que la oferta llamara la atención, pero también lo suficientemente tentador como para aceptarla. Cuando la encendió y abrió sus archivos, encontró documentos que llevaban el nombre de Jean-Louis Jorge. El italiano, que había seguido el caso por la prensa, llamó a la Policía. Casi al mismo tiempo, y por un camino completamente distinto, los fiscales recibieron los resultados de la experticia practicada a los teléfonos de Jean-Louis Jorge. En la época era trabajo lento y minucioso: cruzar los números y las llamadas más recientes, registradas en los días anteriores al crimen, reconstruir el mapa de quién había hablado con él y cuándo. En ese mapa apareció un número que no pertenecía al círculo de artistas, productores ni colaboradores. Era el número de Jochi, un vendedor de drogas callejero de Las Cañitas, un sector empobrecido a orillas del río Ozama. No era un amigo. No era un colega. Era alguien que había llamado, o recibido una llamada, en los días en que Jean-Louis Jorge preparaba su último especial televisivo. Una anomalía pequeña en el registro. El tipo de detalle que se ignora cuando se persiguen choferes y se llenan carcelitas con personas inocentes, y que se vuelve central cuando alguien finalmente decide investigar.

Las dos pistas convergieron: el italiano desde Boca Chica, los teléfonos desde el reporte de la telefónica. El nombre de Jochi apareció en ambas. Y a partir de ese cruce, todo se desmoronó para los verdaderos asesinos. El italiano dio las referencias de quien le vendió la laptop. Esa persona, a su vez, condujo a los investigadores hasta los responsables: un grupo proveniente de Las Cañitas.

El cabecilla era Jochi, un joven que operaba en la venta de drogas y que conocía a la víctima de antes. El segundo era Melki. El tercero era un ex policía de poca monta, un personaje tan opaco como prescindible, que Jochi había conocido precisamente dentro de la cárcel de Najayo, donde ambos habían coincidido. El presidio como sala de reclutamiento: una de esas ironías que el sistema penitenciario dominicano produce con constancia y sin remordimiento Lo que describieron en los interrogatorios fue esto: el plan no era matarlo. Era robarlo.

Jochi conocía a Jean-Louis Jorge de tiempo atrás por razones que no necesitamos detallar. Esa familiaridad fue el instrumento. Usó la excusa de venderle algunas sustancias para justificar la visita, para que la llamada no sonara rara, para que la puerta se abriera sin resistencia. Y la puerta se abrió. Jean-Louis les dio entrada. Era un hombre que conocía a Jochi. No había motivo visible para sospechar. Pero cuando Jean-Louis vio que no era uno sino un grupo, hizo preguntas. El plural donde esperaba el singular. Y en ese instante, en el espacio de unos pocos segundos de duda y pregunta, ocurrió la trifulca. Lo que comenzó como un asalto con escenografía de visita se convirtió en violencia sin guion. Melki agarró a Jean-Louis Jorge por los pies y lo estrelló de espaldas contra el suelo. El impacto fue el primer golpe. Luego vino la piedra. Luego el cuchillo. Lo amarraron mientras todavía respiraba. Buscaron los bienes: televisores, equipos de video, la laptop.

Luego Jochi tomó el control de lo que quedaba por hacer. Dirigió a sus acompañantes con una frialdad que los investigadores describieron como meticulosa: borrar huellas digitales de todas las superficies, palmo a palmo, sin apresurarse. Encerrar al perro detrás del área de lavado para que no estorbara ni delatara. Cerrar la puerta de entrada con llave antes de salir. Dejar la escena lo más limpia posible, lo más silenciosa posible, como si nada hubiera entrado por esa puerta y nada hubiera salido. La evidencia física los confirmó. En la casa de uno de los imputados, la Policía ocupó unos tenis. La suela coincidía con la mancha de sangre en el piso del apartamento. Una huella. Un zapato. La geometría de la violencia inscrita en el porcelanato de alto tráfico.

Durante los interrogatorios, Jochi desplegó una táctica que, en otras circunstancias, habría resultado más eficaz: comenzó a mencionar nombres. Artistas conocidos. Figuras de la televisión local. Empresarios con peso social. Personas del medio artístico y del mundo de los negocios que, según él, tenían vínculos comprometedores con la víctima. Nombres lanzados como humo, uno tras otro, buscando que los investigadores perdieran el hilo, que la presión pública se dispersara, que la investigación se ahogara en la ciénaga de las insinuaciones. Era una estrategia conocida: si no puedes borrar las huellas, ensucia el camino para que nadie sepa dónde están.

La puerta cerrada por dentro. Las huellas que solo mostraban al muerto y a su chofer. El perro aislado. Los televisores y equipos desaparecidos. Todo lo que la Policía había tenido frente a sus ojos desde el primer día, y todo lo que había decidido ignorar mientras torturaba a un chofer, detenía a un percusionista, y llenaba la carcelita del patio con decenas de personas detenidas por su orientación sexual o identidad de género. Los imputados fueron procesados y condenados. El tribunal impuso penas de treinta y de veinte años de reclusión. No hubo apelación pacífica.

En la segunda instancia, durante el nuevo proceso, ocurrió algo que resume con precisión brutal la calidad institucional del país en aquella época: las piezas del expediente desaparecieron. No se extraviaron. No se archivaron mal. Desaparecieron. El reconocido abogado Artagnán Pérez Méndez fue abogado en ese caso. Hubo que reconstruir el caso desde cero, recopilando lo que quedaba, reconstituyendo lo que no quedaba. Los imputados, a su vez, alegaron durante ese proceso que sus confesiones habían sido obtenidas bajo tortura. El tribunal que los juzgó tuvo que trabajar con un expediente rehecho, con testimonios cuya cadena de custodia era, cuando menos, cuestionable. Que los culpables del crimen de Jean-Louis Jorge hayan sido condenados no fue, en ese sentido, resultado de la fortaleza del sistema. Fue, una vez más, resultado de la evidencia física que el sistema a duras penas logró no destruir del todo.

VII

El joven chofer fue liberado.

Una semana después, vino a la oficina junto a su familia. Traían un saco de plátanos.

Dijo que venía a «agradecer». Lo dijo con una sonrisa que intentaba ser generosa pero que no podía ocultar el desgaste de semanas de encierro, de golpes, de noches sin dormir, de interrogatorios donde le exigían confesar un crimen que no había cometido. Traía el saco de plátanos como quien trae lo único que tiene, porque era, probablemente, lo único que tenía.

Se le dijo que no. Que éramos nosotros quienes le debíamos una disculpa a él.

No sé si una disculpa verbal repara las noches colgado de un tubo, ni la humillación de ser señalado como asesino cuando no eras más que un chofer que hacía su trabajo.

Bobadilla regresó a su vida sin disculpa pública. Los gais, transexuales y travestis recogidos de las calles volvieron a la calle, si es que volvieron. Ninguno recibió siquiera una explicación.

Nadie en la Policía Nacional fue investigado. Nadie rindió cuentas. Nadie. El caso se cerró con los culpables confesos y la institución siguió intacta, como si nada hubiera ocurrido, porque para la Policía Nacional nada había ocurrido. ¿Suena familiar?

VIII

Lo que le hicieron al chofer de Jean-Louis Jorge no fue un error. Fue una decisión. Una decisión tomada sin evidencia suficiente, sin rigor investigativo, sin el menor respeto por la presunción de inocencia. Alguien decidió que aquel joven era culpable antes de probarlo. Alguien decidió que la vida de un chofer pobre valía menos que la urgencia de cerrar un expediente.

Esa es la mecánica de la injusticia: no hace falta maldad pura para destruir una vida. Basta con la prisa, el prejuicio y la ausencia de controles. Basta con que un coronel sagaz tenga autoridad sin supervisión, con que un general al que llaman «primitivo» dirija la policía de un país entero, con que un año electoral convierta cada crimen sin resolver en una vergüenza política que hay que tapar antes de las urnas. Ese coronel, hoy retirado, sigue activo en la vida pública, ahora como político.

En marzo de 2000 la República Dominicana operaba bajo un Código de Procedimiento Criminal heredado de la tradición napoleónica: sin juez de garantías, sin plazos razonables para la prisión preventiva, sin mecanismos eficaces más allá del hábeas corpus para impugnar la detención arbitraria. El detenido estaba, en la práctica, a merced del sistema.

Dos años después del crimen, un nuevo Código Procesal Penal introdujo cambios al juicio oral y contradictorio, garantías para el imputado, la libertad como regla. Una década después, en 2010, una reforma constitucional consagró la presunción de inocencia, el debido proceso y la prohibición de la tortura. El país buscó corregir los vacíos que habían permitido lo que yo presencié en aquella oficina.

Participé en esa reforma constitucional. Quince años después del crimen, trabajé arduamente en los proyectos de reforma a la Ley Orgánica de la Policía Nacional y a la Ley de Armas. No lo hice pensando en Jean-Louis Jorge. Pero lo que vi a los diecinueve años informó, de maneras no siempre conscientes, mi comprensión de lo que un Estado le debe a sus ciudadanos .

Hay una ironía que la vida guardó para después. La nota que yo dejé firmada en el despacho del Procurador Fiscal la recibió el titular, Francisco Domínguez Brito. Nueve años más tarde, Domínguez Brito (ya senador por Santiago de los Caballeros) presidió la Comisión de Justicia de la Asamblea Nacional Revisora que reformó todo el sistema de justicia dominicano en la Constitución de 2010. Trabajé de cerca con él en ese proceso. El hombre que recibió mi denuncia de un sistema roto terminó liderando la reforma que buscó repararlo.

César Pina Toribio, el Procurador General que ordenó la revisión del caso, fue mi profesor de derecho procesal penal I y II un año después en UNIBE. Me enseñó la teoría de lo que yo ya conocía por la práctica. Y desde entonces, nunca más volví a pisar una fiscalía ni un tribunal penal.

IX

Pero alguien tiene que decir, con detenimiento, quién era el hombre que mataron.

Jean-Louis Jorge nació en Santiago de los Caballeros el 15 de abril de 1947, en la calle Duarte 44. Hijo del cardiólogo Salomón Jorge, descendiente de libaneses llegados a Santiago a principios del siglo XX, y de Jacqueline Moschini, francesa. Dicen sus cercanos que creció entre dos temperamentos: la calidez familiar del Levante y la precisión estética de París. Por todo lo que he podido recabar, concluyo que ambos lo definieron.

A alguien le confesó que sabía desde adolescente que quería hacer cine. Pero también sabía que si le decía a Don Salomón que iba a estudiar cine, no lo mandarían. Así que le dijo que estudiaría ingeniería naval. Una vez en la Universidad de California en Los Ángeles, hizo el cruce hacia la carrera de cine. Cuando el padre se enteró, respondió: «Bueno, si eso es lo que tú quieres, mi hijo.» Obtuvo un máster en producción y dirección cinematográfica. Su primer cortometraje, Oh, my crazy aunts! —que su familia cree inspirado en las tías solteras que lo criaron en Santiago—, ganó mención especial en el Festival de Cortometrajes de Atlanta.

En vez de filmar un cortometraje de tesis como le correspondía, decidió hacer un largometraje. Lo financió como pudo: con una beca, bailando como gogo dancer en un cabaret y usando como actores a sus compañeros de carrera. Así nació en 1973 Las serpientes de la luna de los piratas , rodada en su apartamento de Venice Beach, en una estación de tren icónica y en un set que construyó en un estudio de la universidad. Hablada en francés, dedicada a Greta Garbo, con un título tomado de un poeta argentino. La película ganó en el Festival de Cine Joven de Toulon y reveló a un artista sin precedente en el cine dominicano. Visto desde hoy, su cine anticipa a Almodóvar.

Con esa película bajo el brazo y sin un centavo se fue a París, donde se codeó con la vanguardia real: Jean-Paul Gaultier, Andy Warhol, Paquita Paquin. Rodó Melodrama (1976) en solo dos semanas, seleccionada para la Semana de la Crítica en Cannes, con la fotografía en blanco y negro del cubano Ramón Suárez. Se casó con Edwige Belmore, la reina del punk parisino, en lo que ambos describían como un acto de provocación contra el establishment. En Francia dirigió también Maggie , una obra teatral sobre Marilyn Monroe en la que él mismo interpretó a Arthur Miller. Un accidente grave en París casi le costó la vida. Sobrevivió, se divorció y volvió a la República Dominicana.

En su país no había industria cinematográfica. Había televisión. Y Jorge, con una humildad que nadie esperaba de alguien con premios en Toulon y Cannes, se metió a hacer televisión y la transformó. Su videoclip de Amor de conuco para Juan Luis Guerra y 4.40 ganó el Casandra al Mejor Videoclip del Año en 1986. Concibió Fiesta para Teleantillas, luego Ritmo del Sábado , Noche no te vayas (de donde emergió Frederick Martínez, El Pachá), Sábado de Corporán y Yo soy Vickiana . Coordinó la producción de la segunda visita del Papa Juan Pablo II a Santo Domingo en 1984, con transmisión satelital desde helicópteros en una época en que eso no se había hecho jamás en el país. Fue coordinador general de seis entregas de los premios Casandra.

De todo lo que he leído sobre su trabajo rescato que tenía una obsesión que lo distinguió de todos los demás productores de su época: rescatar espacios abandonados. Filmaba en el Cine Rialto de tres pisos cerca del Conde, en el Centro de Recreo de Santiago, en el Salón de las Cariátides del Palacio Nacional, en el Teatro Agua y Luz, en el antiguo Night-club de Radio Televisión Dominicana. Conseguía los permisos, limpiaba las lámparas de cristal de roca, desempolvaba los vestidos de las reinas de antaño y convertía cada espacio olvidado en un set cinematográfico. Veía belleza en todas partes. Cuando descubrí esto, algo se detuvo en mí. Porque yo también tengo esa obsesión, aunque la mía viene con una cámara en lugar de una claqueta. Años después de aquel marzo, en mis funciones diplomáticas, desarrollé el hábito compulsivo de fotografiar los espacios históricos donde me tocaba trabajar o transitar: los pasillos de mármol del edificio de la Organización de los Estados Americanos (OEA) en Washington, con su luz de cúpula que cae oblicua sobre los vitrales del Salón de las Américas; los espacios casi siempre vacíos entre sesión y sesión, donde el silencio tiene una textura particular, como si el aire guardara memoria de los debates que lo habitaron. Fotografío lo que los demás no miran porque están mirando papeles. Jorge filmaba lo que los demás no veían porque estaban mirando la pantalla. Los dos, cada uno a su manera, haciendo la misma pregunta: ¿qué guarda este lugar que nadie se ha detenido a registrar? En marzo de 2000 yo no sabía quién era Jean-Louis Jorge. Lo supe después, escribiendo esto, investigando su obra, buscando en los archivos que la prensa de aquella época fue dejando a retazos. Y cuando encontré su manera de trabajar, sentí el reconocimiento incómodo de quien descubre, demasiado tarde, que hubo alguien que ya estaba haciendo lo que uno todavía no sabía que quería hacer. Veía belleza en todas partes. Filmó a Vickiana cantándole a los presos en la cárcel de La Victoria con la misma devoción con que la filmó bajando la escalera del Centro de Recreo como una diva de Hollywood.

En una entrevista con Freddy Ginebra en 1980, Jorge dijo algo que lo resume: «El cine fue completamente romántico muchos años, hasta mediados de los 60, y después se ha vuelto completamente realista, pero de una forma que casi le ha quitado la magia.» Para Laura Amelia Guzmán, eso era Jean-Louis Jorge: la magia. Toda su obra (del cabaret chicano de Venice Beach al Salón de las Cariátides) luce un intento de devolverle al mundo esa magia que sentía que se estaba perdiendo.

Su último trabajo fue la grabación del especial de Sonia Silvestre por sus cuarenta años de carrera. Quedó sin editar. Ocho días después, lo mataron. Tenía sobre su escritorio el guion inconcluso de una película sobre un reinado de belleza (su regreso al cine, financiado con la venta de solares en un terreno que su padre le había cedido en Santiago). Tampoco eso llegó a existir.

A pesar de lo relativamente escaso de su filmografía —realizada en su mayor parte fuera del país—, Jean-Louis Jorge es uno de los autores más reverenciados del cine dominicano. Dueño de una visión donde se conjugaban temperamento latino y vocación universal, fue un creador que el país no supo proteger en vida ni honrar con justicia en muerte.

X

Han pasado veintiséis años. Ya no soy aquel paralegal de diecinueve años que cruzaba la calle entre el Palacio de la Policía y la universidad. He tenido una carrera diplomática, he escrito sobre crisis institucionales en otros países, he visto de cerca cómo funciona (y cómo falla) el aparato del Estado en contextos diversos.

Tampoco mis compañeros de entonces son los mismos. P.A. (aquel de la Colt 45 oxidada envuelta en periódico) llegó a ser fiscal de la provincia de Santo Domingo. F.S. ascendió a Procurador General Adjunto y luego fue juez de la Suprema Corte de Justicia. Las personas que estuvieron conmigo en aquella oficina del año 2000, donde un chofer era torturado mientras los culpables vendían una laptop en la playa, terminaron ocupando las posiciones más altas del sistema de justicia dominicano. No lo digo con reproche. La pregunta que me persigue no es si ellos cambiaron, sino si el sistema lo hizo.

Algo ha cambiado. La tasa de homicidios ha bajado de veinticinco por cada cien mil habitantes en 2004 a ocho en 2026. El marco normativo es otro.

Hay imágenes que no se van. Una piedra y un cuchillo junto al cuerpo de un artista que había coordinado la visita de un Papa y ganado premios en Toulon y Cannes. Un perro grande encerrado detrás de una puerta que no cerró su dueño. Un percusionista famoso detenido un lunes y liberado sin cargos para que pudiera llegar al entierro de su amigo en Santiago. Una carcelita en el patio del Palacio llena cada mañana de personas detenidas por el solo hecho de ser quienes eran. El coronel G.A.E., joven y atlético, con ese don de mando a la antigua que no pregunta ni explica, dirigiendo Homicidios sin método y con la certeza de quien nunca ha necesitado justificarse. Una Colt 45 oxidada envuelta en periódico. Un joven esposado a un tubo del techo, rotado de oficina en oficina como un paquete sin destinatario, llevado al Malecón con los ojos vendados para que el sonido de un disparo le arrancara una confesión que no tenía. Unos tenis cuya suela coincidía con una mancha de sangre en el porcelanato. Un expediente que desapareció entre una instancia y otra y tuvo que rehacerse como si el crimen hubiera que investigarse dos veces. Y un saco de plátanos sobre un escritorio de la Fiscalía, dejado allí por un hombre que vino a dar las gracias por no haber sido destruido del todo.

La Revista Rumbo preguntaba el 27 de marzo de 2000: «¿Estará consciente la Policía Nacional de la presión que tiene para esclarecer el crimen de Jean Louis Jorge?» Veintiséis años después, la pregunta sigue sin respuesta honesta.

Aquel marzo aprendí algo que ningún curso de derecho me enseñó al otro lado de la calle: que la justicia, cuando llega en este país, casi nunca llega por los cauces previstos. Llega por accidente. Llega por un italiano que enciende una computadora robada en una playa del este. Llega, a veces, porque un muchacho de diecinueve años decide firmar una nota y cruzar una puerta.

Y a veces, simplemente, no llega.

Yo crucé la calle una última vez. Y no volví.

Preguntas frecuentes

¿Qué es una embajada y en qué se diferencia de un consulado?

La embajada representa políticamente al Estado ante el gobierno del país receptor y suele estar en la capital. El consulado atiende trámites y asistencia a los nacionales —pasaportes, actas, legalizaciones— y puede abrirse en otras ciudades.

¿Qué es la inmunidad diplomática?

Es la protección jurídica que la Convención de Viena de 1961 concede a agentes diplomáticos y a los locales de la misión para que puedan ejercer sus funciones sin interferencia. No es un privilegio personal: puede ser renunciada por el Estado acreditante.

¿Qué son las cartas credenciales?

El documento firmado por el jefe del Estado acreditante que presenta a su embajador. Hasta que se entregan formalmente, el jefe de misión no asume plenamente sus funciones representativas.

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