Relaciones Internacionales

La fumata aún no es blanca: primer sondeo en la carrera por la Secretaría General de la ONU

Por Josué FialloFundación Diplomacia Dominicana

Hace ocho meses, cuando las presidencias de la Asamblea General y del Consejo de Seguridad firmaron la carta conjunta que abrió formalmente la sucesión de António Guterres, escribí que el proceso pondría a prueba la transparencia del sistema multilateral, abriría una oportunidad histórica para América Latina y el Caribe y exigiría la participación activa de República Dominicana.

El 30 de julio, la carrera entró en una fase decisiva. Los quince miembros del Consejo de Seguridad celebraron el primer straw poll —un sondeo indicativo, informal, secreto y no vinculante— para medir la viabilidad de las siete personas que aspiran a dirigir la ONU a partir del 1 de enero de 2027.

Los resultados, conocidos a través de fuentes diplomáticas, colocaron a la costarricense Rebeca Grynspan en primer lugar, con diez expresiones de “aliento”. Le siguieron Carolyn Rodrigues-Birkett, de Guyana, con nueve, y Rafael Grossi, de Argentina, con siete. La fotografía inicial es significativa: las tres candidaturas mejor situadas proceden de América Latina y el Caribe, y las dos primeras pertenecen a mujeres. Pero una fotografía no es todavía el desenlace.

Tres palabras que deciden un destino

Antes de interpretar los números conviene explicar el método. Un straw poll no es una elección ordinaria ni una encuesta de popularidad: es un mecanismo interno con el cual el Consejo busca una candidatura capaz de reunir el respaldo suficiente sin que la bloquee una potencia con derecho de veto.

El artículo 97 de la Carta dispone que el Secretario General será nombrado por la Asamblea General a recomendación del Consejo de Seguridad. Esa recomendación exige al menos nueve votos favorables y ningún voto negativo de China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido o Rusia. Entre la presentación pública de candidaturas y la decisión formal se abre un terreno que la Carta no regula: las rondas de votaciones informales con que el Consejo tantea el consenso.

A Olara Otunnu, hoy candidato de Uganda, se le atribuye la creación de este sistema en 1981, cuando presidía el Consejo y buscaba destrabar la pugna entre Kurt Waldheim y Salim Ahmed Salim. La ironía diplomática es notable: cuatro décadas después, su nombre aparece en la papeleta del mecanismo cuya invención recoge su propia hoja de vida.

Cada delegación marca una de tres opciones por candidatura: “alienta”, “desalienta” o “sin opinión”. “Alentar” expresa disposición a seguir considerando a la persona; “desalentar”, oposición o reservas; “sin opinión”, posición abierta. Como cada miembro puede alentar a varios aspirantes en una misma ronda, diez votos favorables no representan necesariamente un bloque exclusivo de diez países.

En esta primera ronda se utilizaron papeletas idénticas. El conteo muestra el respaldo, el rechazo y la indecisión, pero no permite saber si un “desalienta” procede de un miembro electo o de un permanente. Esa diferencia puede definir la carrera: se puede encabezar el sondeo y, aun así, cargar con la oposición de una potencia con veto.

En rondas posteriores, el Consejo suele pasar a papeletas diferenciadas por color, que distinguen los votos del P5 de los de los miembros electos. Los votos siguen siendo anónimos, pero puede saberse si asoma un posible veto, aunque no de qué potencia. Un “desalienta” en papeleta diferenciada no es todavía un veto formal, aunque puede comprometer seriamente una candidatura.

El Consejo puede repetir los sondeos, ajustar posiciones y admitir nuevos nombres. Solo cuando surge una candidatura con nueve votos o más y sin amenaza de veto se pasa a la resolución formal remitida a la Asamblea General.

Lo que dicen los primeros números

Grynspan obtuvo diez votos de aliento, uno de desaliento y cuatro sin opinión. Rodrigues-Birkett recibió nueve, dos y cuatro; Grossi, siete, dos y seis. Michelle Bachelet registró seis, cinco y cuatro; Macky Sall, seis, siete y dos; María Fernanda Espinosa, cinco, dos y ocho; y Otunnu, dos, cinco y ocho.

La ventaja de Grynspan es relevante. Su paso por la vicepresidencia de Costa Rica y su gestión al frente de ONU Comercio y Desarrollo (UNCTAD, por sus siglas en inglés) le aportan un perfil de negociación y conocimiento interno de la Organización, reforzado por su apartamiento temporal de funciones para evitar conflictos de interés. Pero su único desaliento introduce la incógnita central: hasta las papeletas diferenciadas no se sabrá si enfrenta la resistencia de un miembro permanente.

Rodrigues-Birkett constituye la primera gran sorpresa. Con nueve votos de aliento quedó a uno de Grynspan y por encima de candidaturas con mayor atención mediática. Su resultado muestra que una representante de un Estado caribeño pequeño puede competir frente a figuras de mayor proyección internacional.

Grossi sigue competitivo, pero deberá convertir parte de sus seis “sin opinión” en apoyos. Bachelet enfrenta el desafío de reducir cinco desalientos y de sostener una candidatura que Chile, bajo su nuevo gobierno, dejó de patrocinar, y que hoy respaldan Brasil y México. Espinosa registra poca oposición, aunque ocho delegaciones aún no toman posición. Sall y Otunnu comienzan con niveles de rechazo más elevados.

La lectura más prudente es sencilla: todavía no existe consenso. En 2016, António Guterres lideró los seis sondeos, con doce alientos y ningún desaliento desde la primera ronda. Esta vez la candidatura líder ya registra oposición, por lo que el proceso puede resultar más abierto, prolongado y propenso a un nombre de compromiso.

América Latina encabeza, pero todavía no gana

En mi artículo anterior argumenté que América Latina y el Caribe sentían llegado su turno. La región solo ha estado representada una vez en la Secretaría General, con el peruano Javier Pérez de Cuéllar, y la rotación geográfica coincide ahora con el reclamo de elegir por primera vez a una mujer.

El sondeo aporta sustancia política a esa aspiración. Cinco de las siete candidaturas son latinoamericanas o caribeñas; los tres primeros lugares pertenecen a la región; cuatro de las siete personas en carrera son mujeres; y dos mujeres encabezan la votación.

Pero la abundancia de nombres es fortaleza y riesgo. Prueba que la región dispone de figuras con credenciales internacionales. También puede fragmentar los respaldos y facilitar que, tras varias rondas sin acuerdo, las grandes potencias impulsen una candidatura tardía de otra región.

No corresponde convertir el primer sondeo en una primaria latinoamericana ni exigir retiradas precipitadas. El Consejo aún prueba opciones y el resultado no revela dónde están los posibles vetos. Pero si las próximas rondas confirman una o dos candidaturas regionales viables, el Grupo de América Latina y el Caribe deberá transformar el argumento histórico en estrategia diplomática coordinada.

Transparencia hacia fuera, secreto hacia dentro

El sondeo también revela los límites de las reformas iniciadas en 2015. La fase pública ha cambiado: candidaturas oficiales, currículos y documentos de visión publicados, diálogos ante la Asamblea General y mayor escrutinio público.

Sin embargo, cuando la selección entra en el Consejo, regresan los procedimientos confidenciales. Los resultados de los straw polls no se publican: las cifras proceden de diplomáticos y filtraciones periodísticas, no de una comunicación institucional.

La confidencialidad permite ensayar y modificar posiciones sin convertir cada movimiento en una confrontación pública. Pero produce una paradoja: el proceso es más abierto que nunca en la presentación de candidaturas, mientras la fase donde se ejerce el poder efectivo continúa a puerta cerrada.

República Dominicana debe estar presente

El resultado hace más importante la participación dominicana. Ya no basta proclamar que “es el turno” de América Latina y el Caribe: hay que evaluar candidaturas concretas, con sus propuestas de reforma, independencia, gestión, comprensión del Caribe y viabilidad frente a los cinco permanentes.

República Dominicana no necesita apresurarse a anunciar un respaldo tras una sola ronda, pero sí debe participar en las conversaciones donde se interpretarán los resultados y se construirá la posición regional.

El segundo lugar de Rodrigues-Birkett añade otra dimensión. Recuerda que el Caribe no es un apéndice de las grandes capitales latinoamericanas y que los Estados pequeños y medianos pueden producir candidaturas competitivas. República Dominicana está bien situada para tender puentes entre el Caribe anglófono y la América Latina hispanohablante.

Esta participación también fortalecería otra aspiración que algunos hemos planteado: una nueva candidatura dominicana a un asiento no permanente. Intervenir con seriedad en este proceso demostraría que el país comprende las responsabilidades políticas de regresar a esa mesa.

La próxima ronda, el 21 de agosto, mostrará si el liderazgo de Grynspan y Rodrigues-Birkett se consolida, si Grossi logra crecer o si el Consejo comienza a buscar una alternativa.

América Latina y el Caribe han arrancado con ventaja. La región tiene candidaturas y dos mujeres en las primeras posiciones. Lo que debe demostrar todavía es si posee la disciplina diplomática para convertir esa ventaja en una recomendación del Consejo de Seguridad.

La fumata aún no es blanca. Pero, a diferencia de épocas anteriores, el mundo puede observar el humo mientras se forma. Esa visibilidad, conquistada frente al secretismo que dominó durante décadas, es ya un avance.

Preguntas frecuentes

¿Qué es una embajada y en qué se diferencia de un consulado?

La embajada representa políticamente al Estado ante el gobierno del país receptor y suele estar en la capital. El consulado atiende trámites y asistencia a los nacionales —pasaportes, actas, legalizaciones— y puede abrirse en otras ciudades.

¿Qué es la inmunidad diplomática?

Es la protección jurídica que la Convención de Viena de 1961 concede a agentes diplomáticos y a los locales de la misión para que puedan ejercer sus funciones sin interferencia. No es un privilegio personal: puede ser renunciada por el Estado acreditante.

¿Qué son las cartas credenciales?

El documento firmado por el jefe del Estado acreditante que presenta a su embajador. Hasta que se entregan formalmente, el jefe de misión no asume plenamente sus funciones representativas.

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