Diplomacia

La diplomacia no es un premio político

Por Horacio Vicioso GalánFundación Diplomacia Dominicana

He escuchado con demasiada frecuencia, y con demasiada ligereza, la frase "eso se aprende sobre la marcha" aplicada al ejercicio diplomático. Se pronuncia como si la representación internacional de un país fuera una función accesoria, un terreno menor donde el entusiasmo puede sustituir la formación. Haber recorrido el escalafón de la carrera diplomática dominicana desde sus primeros grados, y haber dedicado después buena parte de mi trabajo al estudio de nuestra propia tradición, me ha llevado a una conclusión distinta: la diplomacia no admite improvisaciones sin costo.

La diplomacia no es una cortesía prolongada ni un escenario para recompensar lealtades. Es una herramienta estratégica del Estado para proteger intereses nacionales, construir alianzas, anticipar riesgos y ampliar oportunidades. Cuando se concibe como un premio, deja de cumplir el propósito que justifica su existencia.

Hablar de vocación diplomática no es, por tanto, recurrir a un concepto romántico. Harold Nicolson, que dedicó su obra clásica a definir el oficio, sostenía que las virtudes del buen diplomático —la precisión, la calma, la paciencia, la discreción, la lealtad— no son rasgos de carácter con los que se nace, sino hábitos profesionales que se adquieren y se cultivan con los años. Ahí reside la diferencia real entre un funcionario formado y un improvisado de buena voluntad: no en la simpatía, sino en el criterio.

Recuerdo una negociación en Nueva Delhi, cuando era ministro consejero para asuntos económicos. El Grupo Tata preparaba entonces el lanzamiento del Nano, un vehículo de bajísimo costo concebido para transformar el transporte en los países en desarrollo, y yo tenía el encargo de explorar su comercialización en la República Dominicana. Mis interlocutores no tenían el menor interés: debían atender primero su propio mercado. Querían hablar de otra cosa, del business process outsourcing, la industria de centros de llamadas que era entonces el eje de la expansión india, y a eso dedicaron la primera parte del encuentro.

Haber estudiado ese sector de antemano me permitió sostener la conversación que ellos deseaban y conducirla, sin forzarla, hacia la que yo necesitaba. Salimos con un memorando de entendimiento: si el Nano se vendía en el país, sería a través de un empresario dominicano. El vehículo fracasó después en el mercado y aquel documento nunca llegó a materializarse. Eso no altera lo que el episodio enseña: no fue el dominio de mi tema el que abrió la puerta, sino el dominio del suyo. El resultado de una negociación se decide, casi siempre, antes de entrar a la sala.

Conviene entonces abordar con honestidad el debate recurrente entre la carrera diplomática y los nombramientos de origen político. Ha habido embajadores designados fuera del escalafón que sirvieron al país con distinción: empresarios que entendían un mercado mejor que cualquier informe, académicos con acceso a redes que la carrera no podía ofrecer, figuras cuya autoridad personal franqueó puertas que el rango no franqueaba. Esos casos existen y no deben negarse. El problema no es la excepción: es que la excepción se convierta en el criterio ordinario. La diplomacia exige conocimientos que no se adquieren por ósmosis —derecho internacional, técnicas de negociación, protocolo de Estado, economía internacional, gestión de la información— y suponer que se aprenden una vez que el funcionario ya está en el puesto es subestimar la complejidad del mundo en que operamos. Hay además un costo que va más allá de cada funcionario: cuando un servicio exterior pierde continuidad profesional, pierde memoria institucional, y un Estado sin memoria diplomática está condenado a renegociar posiciones que ya había ganado.

Los daños de una diplomacia mal ejercida rara vez son inmediatos o evidentes. No aparecen en titulares. Se manifiestan en oportunidades que no se identificaron a tiempo, en mensajes contradictorios entre misiones, en negociaciones en las que se cedió por desconocimiento y en una reputación que se erosiona sin que nadie pueda fechar el momento del deterioro. Para un país de nuestra escala, ese costo pesa más. No disponemos del margen de error de las grandes potencias, que pueden absorber una torpeza y corregirla a fuerza de recursos. Cada desacierto cuesta proporcionalmente más y cada acierto exige mayor precisión. La profesionalización no es, en consecuencia, un refinamiento administrativo: es una necesidad estratégica.

Vale recordar que el marco normativo dominicano no presenta vacíos. La Ley 630-16, orgánica del Ministerio de Relaciones Exteriores y del Servicio Exterior, establece en su artículo 55 que la carrera diplomática se sustenta en la profesionalidad, la ética y el mérito, con ingreso por concurso, evaluación, capacitación y ascenso reglados. El Reglamento de la Carrera Diplomática, dictado en 2019, desarrolla ese mandato, y el Instituto de Educación Superior en Formación Diplomática y Consular tiene expresamente a su cargo la formación de quienes aspiran a ingresar y del personal designado en el servicio. La ley, en otras palabras, ya dice lo que debe decir. La distancia no está entre la norma y su ausencia, sino entre la norma y su aplicación sostenida.

Defender la carrera diplomática no equivale a promover estructuras cerradas ni a burocratizar el servicio. Significa apostar por el mérito, la formación continua y la evaluación por resultados, y sustituir las declaraciones de principio por tres compromisos que puedan comprobarse. El primero es de transparencia: que la Cancillería publique cada año la composición de su servicio exterior, indicando cuántas jefaturas de misión corresponden a funcionarios de carrera y cuántas a designaciones directas. Lo que no se mide no se corrige, y hoy esa proporción no es de conocimiento público. El segundo es de formación: que ningún jefe de misión asuma funciones sin haber cursado previamente un programa de inducción certificado en el INESDYC, no como requisito simbólico, sino como condición de la toma de posesión. El tercero es de previsibilidad: que los concursos de ingreso se convoquen con calendario público y periodicidad fija, porque una carrera a la que se accede de manera intermitente no ofrece un horizonte hacia el cual orientar la preparación y termina por no atraer a los mejores candidatos.

La diplomacia no es el lugar donde se aprende a representar al país; es donde se aplica lo aprendido. Confundir ambos momentos debilita al Estado y empobrece su política exterior. Sigue siendo una de las herramientas más finas del poder del Estado, pero solo funciona cuando se ejerce con preparación, criterio y sentido de responsabilidad. No es un premio: es un servicio.

El autor es presidente fundador de la Fundación Diplomacia Dominicana y autor de varias obras literarias sobre temas relacionados.

Preguntas frecuentes

¿Qué es la diplomacia?

La diplomacia es el conjunto de métodos, prácticas e instituciones mediante los cuales los Estados conducen sus relaciones exteriores por vías pacíficas: negociación, representación, protección de nacionales, información y promoción de intereses nacionales.

¿Cuál es la diferencia entre diplomacia y política exterior?

La política exterior define los objetivos que un Estado persigue fuera de sus fronteras; la diplomacia es el instrumento profesional que los ejecuta. Una decide el qué, la otra resuelve el cómo.

¿Qué funciones cumple una misión diplomática?

Según la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas (1961): representar al Estado acreditante, proteger sus intereses y los de sus nacionales, negociar con el Estado receptor, informarse por medios lícitos y fomentar relaciones amistosas, económicas, culturales y científicas.

Compartir