Inteligencia Cultural

Inteligencia Contextual

Por Josué FialloFundación Diplomacia Dominicana

¿Por qué fracasan diplomáticos brillantes mientras otros, aparentemente menos dotados, mueven la historia? Existe una capacidad que separa a los estadistas de los funcionarios, a quienes transforman el rumbo de quienes simplemente lo transitan. No se trata de la erudición académica, aunque ayuda. No es la astucia táctica, aunque resulta útil. Tampoco es el carisma personal, aunque puede abrir puertas. Se trata de algo más sutil y más decisivo: la capacidad de leer correctamente el momento histórico y calibrar la acción al contexto específico en que se opera.

Joseph Nye, el teórico de Harvard que acuñó el concepto de poder blando y luego desarrolló la noción de inteligencia contextual en The Powers to Lead (2008), sostuvo que esta es el factor que distingue al liderazgo eficaz del fracaso diplomático. En un mundo donde las certezas del orden internacional de posguerra se desvanecen, donde el multilateralismo enfrenta su mayor crisis desde 1945, y donde potencias emergentes disputan hegemonías establecidas, la inteligencia contextual ha dejado de ser un atributo deseable para volverse una necesidad existencial. Los países que la posean navegarán las turbulencias; los que carezcan de ella serán arrastrados por corrientes que no comprenden.

Este escrito explora qué es la inteligencia contextual, por qué resulta tan esquiva, y cómo puede cultivarse en las instituciones de política exterior.

I. Anatomía de una capacidad esquiva

Nye la definió como «la habilidad intuitiva de diagnóstico que ayuda a los líderes a alinear tácticas con objetivos para crear estrategias inteligentes en situaciones variadas y cambiantes». Cada palabra de la definición merece atención.

Es, primero, una habilidad intuitiva : opera en un registro distinto al del análisis racional, percibe patrones antes de articularlos. Es la diferencia entre el marinero experimentado que huele la tormenta y el meteorólogo que la predice con instrumentos. Ambos pueden tener razón, pero el primero actúa con segundos de ventaja que a veces deciden la supervivencia.

Es, segundo, una capacidad de diagnóstico . Como el médico veterano que identifica una enfermedad con datos parciales (un color de piel, un patrón de síntomas, una intuición informada por miles de casos previos), el diplomático con inteligencia contextual reconoce las dinámicas subyacentes de una negociación, una crisis, un realineamiento. El diagnóstico precede a la prescripción; sin él, las mejores intenciones producen remedios que agravan el mal.

Tercero, alinea tácticas con objetivos . Un país puede tener metas claras, proteger su seguridad, expandir su comercio, defender a sus ciudadanos en el exterior, pero si las tácticas no se ajustan al contexto, los objetivos quedan inalcanzables. La historia diplomática está poblada de casos donde la rigidez táctica frustró objetivos perfectamente razonables.

Cuarto, opera en situaciones variadas y cambiantes . El experto conoce las reglas del juego; el líder con inteligencia contextual reconoce cuándo las reglas han cambiado, cuándo el juego mismo se ha vuelto otro. El experto en derecho del mar dominaba la Convención de Montego Bay; pero cuando China construyó islas artificiales en el Mar del Sur, las reglas mismas habían mutado. En estabilidad, basta la experticia técnica. En transición sistémica, solo la inteligencia contextual permite la adaptación.

Y hay una quinta dimensión implícita: la temporalidad . La inteligencia contextual también calibra el momento de la acción. Una iniciativa prematura puede fracasar tan estrepitosamente como una tardía. El mismo tratado comercial, propuesto antes o después de un cambio de gobierno en el país socio, puede significar un triunfo diplomático o un fiasco político. Inteligencia contextual es, también, inteligencia temporal.

II. Los tres registros del entendimiento diplomático

Para entender mejor la inteligencia contextual, conviene distinguirla de otras formas de inteligencia que también operan en relaciones internacionales.

La inteligencia analítica procesa información, identifica patrones, genera conclusiones lógicas. La medimos en exámenes, la valoramos en informes, la esperamos de nuestros analistas. Un funcionario con alta inteligencia analítica produce memorandos impecables sobre la correlación de fuerzas en una región, las tendencias económicas de un socio comercial, las consecuencias jurídicas de un tratado. Es necesaria pero insuficiente: el análisis más brillante carece de valor si no se traduce en acción oportuna.

La inteligencia emocional permite leer estados afectivos, construir compenetración, manejar la dinámica interpersonal de la negociación. El diplomático emocionalmente inteligente percibe cuándo su contraparte está bajo presión doméstica, cuándo una concesión simbólica desbloquea un impasse, cuándo el silencio comunica más que las palabras. En la diplomacia bilateral, donde las relaciones personales aceleran o frenan procesos enteros, esta capacidad resulta valiosa. Pero opera en el registro de lo interpersonal; no garantiza comprender las fuerzas estructurales que condicionan el comportamiento de los Estados.

La inteligencia contextual integra y trasciende a las anteriores. Sin disciplina analítica para procesar información ni sensibilidad emocional para negociar, la lectura del momento queda estéril. El líder contextualmente inteligente entiende que las mismas palabras, las mismas propuestas, las mismas alianzas pueden tener efectos radicalmente distintos según el momento en que se articulen. Sabe que el tiempo no es un medio neutro en el que ocurre la política, sino una dimensión activa que reconfigura el significado de cada acción.

Anthony Mayo y Nitin Nohria, de Harvard Business School, identificaron seis factores contextuales que los líderes exitosos logran interpretar: la regulación gubernamental, las dinámicas laborales, la globalización, la tecnología, la demografía y las costumbres sociales . Su investigación reveló un patrón consistente: quienes cambiaron sus industrias no fueron los más inteligentes en términos convencionales, sino los que mejor comprendieron, en sus palabras, «el Zeitgeist de sus tiempos». La traducción al ámbito diplomático no es literal, pero la lógica es análoga. Los factores que un canciller debe interpretar incluyen la distribución global del poder, las tendencias ideológicas regionales, el estado de las instituciones multilaterales, las presiones económicas sobre actores clave, y las corrientes de opinión pública doméstica e internacional . Ningún análisis congelado en el tiempo captura estas corrientes; se requiere sensibilidad al cambio, atención a las señales débiles que anuncian cambios mayores.

III. Lecciones de la historia

La historia diplomática es un laboratorio inagotable para estudiar la inteligencia contextual en acción y las consecuencias de su ausencia.

Consideremos el Congreso de Viena de 1814–1815, donde las potencias europeas rediseñaron el continente tras las guerras napoleónicas. Klemens von Metternich , canciller austriaco, demostró una inteligencia contextual extraordinaria al comprender que el objetivo no podía ser castigar a Francia, sino construir un equilibrio de poder que previniera futuras hegemonías. Contra las voces que exigían venganza y desmembramiento, insistió en reintegrar a Francia como actor legítimo del sistema europeo. El Concierto de Europa que emergió mantuvo la paz general durante casi un siglo, un logro sin precedentes que requirió subordinar las pasiones del momento a una lectura estratégica del contexto estructural.

Contrastemos con el Tratado de Versalles de 1919. Las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial, lideradas por figuras como Georges Clemenceau, impusieron a Alemania condiciones que John Maynard Keynes, en Las consecuencias económicas de la paz (1919), denunció como una venganza disfrazada de tratado. La inteligencia analítica no faltaba: los negociadores conocían las capacidades alemanas, los reclamos territoriales en disputa, las complejidades del mapa europeo. Lo que faltó fue inteligencia contextual: la capacidad de reconocer que el nacionalismo humillado se vuelve combustible del revanchismo, que las reparaciones imposibles de pagar generan resentimiento más que cumplimiento, que excluir a la nueva Rusia soviética del orden europeo creaba una anomalía insostenible. Las consecuencias de esa ceguera contextual se manifestaron dos décadas después en los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial.

Más cerca de nuestra geografía, la gestión de la crisis venezolana ofrece un contraste valioso. Colombia bajo Juan Manuel Santos (2010–2018) aplicó un pragmatismo contextual notable: mantuvo canales con el gobierno de Maduro mientras consolidaba alianzas hemisféricas, priorizó la gestión humanitaria de la migración sobre la confrontación retórica, y resistió las presiones de quienes exigían posturas maximalistas. Santos comprendió que Colombia, por su frontera compartida y su exposición a la inestabilidad venezolana, no podía darse el lujo de políticas simbólicas; necesitaba resultados. Este enfoque contrastó con el de actores regionales que, sin la misma exposición al riesgo, privilegiaron la estridencia sobre la eficacia.

El fin de la Guerra Fría ofreció una ventana que algunos líderes supieron aprovechar y otros desperdiciaron. Mikhail Gorbachev demostró inteligencia contextual al reconocer que el modelo soviético había agotado sus posibilidades y que solo una apertura radical podía salvar algo del proyecto. George H. W. Bush manejó la reunificación alemana con sensibilidad notable, resistiendo a quienes querían humillar a la Unión Soviética derrotada y construyendo en cambio un aterrizaje suave para el fin del imperio. Nye cita específicamente a Bush padre, en The Powers to Lead , como ejemplo de líder con «impresionante inteligencia contextual», en contraste con su hijo, quien «no la tenía».

IV. Las trampas que ciegan

Si la inteligencia contextual es tan valiosa, ¿por qué resulta tan escasa? La respuesta involucra una serie de trampas cognitivas y organizacionales que sistemáticamente degradan la capacidad de los gobiernos para leer su momento histórico.

La primera trampa es la inercia de los marcos mentales . Los seres humanos, incluidos los diplomáticos más sofisticados, interpretamos la realidad a través de marcos conceptuales que simplifican la complejidad. Estos marcos son necesarios: sin ellos, cada situación sería inédita y la experiencia carecería de valor. Pero los marcos también pueden volverse prisiones cuando el mundo cambia y ellos permanecen estáticos.

La segunda es la captura por intereses burocráticos . Las cancillerías, como toda organización, desarrollan rutinas, jerarquías y culturas institucionales que tienden a perpetuarse. Un ministerio que ha construido su prestigio sobre la relación con una potencia específica resistirá los análisis que sugieran diversificar alianzas. Una cancillería centroamericana que durante décadas cimentó su identidad institucional sobre la relación con Washington encontrará doloroso recalibrar hacia una estrategia de diversificación, aunque los indicadores sugieran su conveniencia.

La tercera es la presión del corto plazo . Los ciclos electorales, las crisis mediáticas, las demandas de grupos domésticos: todo conspira para que los gobiernos prioricen lo urgente sobre lo importante, la reacción sobre la anticipación. El canciller sabe que debería invertir en fortalecer la relación con India, mercado del futuro; pero la crisis migratoria de esta semana exige toda su atención y sus recursos. La inteligencia contextual requiere distancia, capacidad de elevarse sobre el ruido cotidiano para percibir las tendencias de fondo.

La cuarta es el exceso de confianza en la información . Vivimos en una era de abundancia informativa sin precedentes, y esa abundancia genera la ilusión de que más datos equivalen a mejor comprensión. La CIA tenía abundante información sobre Iraq en 2003; lo que faltó fue la humildad interpretativa para cuestionar los supuestos que organizaban esos datos. La inteligencia contextual no es cuestión de cantidad de datos sino de calidad de interpretación.

La quinta es la disonancia entre discurso y realidad . Los gobiernos construyen narrativas sobre su lugar en el mundo que cumplen funciones legítimas: cohesionan a la población, señalan intenciones a otros actores, construyen identidad nacional. Pero cuando la narrativa se divorcia demasiado de las capacidades reales, se vuelve obstáculo para la lectura contextual. Un país que se proclama «puente natural» entre regiones, sin la infraestructura logística, diplomática o financiera para serlo, terminará tomando decisiones basadas en una geografía imaginaria.

La sexta merece atención especial: la trampa del éxito pasado . Las estrategias que funcionaron en un contexto previo se aplican mecánicamente a contextos nuevos, sin reconocer que las condiciones que hicieron posible el éxito ya no existen. Brasil en los primeros años de Lula tuvo éxitos diplomáticos notables con su estrategia de «autonomía por diversificación»; la tentación de replicar esa fórmula sin atender a un contexto global radicalmente distinto ilustra el riesgo. Pero ningún caso reciente expone esta trampa con más nitidez que la secuencia entre la intervención estadounidense en Venezuela de enero de 2026 y la guerra contra Irán que comenzó dos meses después.

El 3 de enero de 2026 , fuerzas armadas estadounidenses ejecutaron una operación con cerca de 150 aeronaves contra objetivos en Caracas, Aragua y La Guaira, que culminó con la captura y extracción de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores. La acción, ejecutada sin autorización del Congreso ni respaldo del Consejo de Seguridad, removió en horas a un gobierno que durante una década había desafiado al hemisferio. Para Washington, fue un éxito rápido y de bajo costo aparente: un régimen aislado, sin aliados militares dispuestos a defenderlo, sin capacidad de proyectar fuerza fuera de sus fronteras, sin la cohesión interna para sostener una resistencia prolongada. La operación pareció validar una doctrina, la del golpe quirúrgico ejecutado al margen del derecho internacional, justificado por categorías elásticas como «narcoterrorismo».

Apenas ocho semanas después, el 28 de febrero de 2026 , mientras se desarrollaban negociaciones diplomáticas en Ginebra, Estados Unidos e Israel ejecutaron por sorpresa una campaña aérea masiva contra Irán que incluyó el asesinato del líder supremo Alí Jameneí y de altos mandos militares. La lógica parecía la misma: un régimen al que la narrativa oficial pintaba como aislado, debilitado por sanciones y por las protestas internas de 2025–2026, todavía herido tras la Guerra de los Doce Días de junio de 2025. La fórmula caraqueña, suponían los planificadores, podía replicarse en Teherán.

Los contextos, sin embargo, no eran comparables. Irán no era Venezuela . Mientras Caracas carecía de aliados militares activos, Irán mantenía una red regional, desde Hezbolá en Líbano hasta milicias en Irak y Yemen, capaz de abrir múltiples frentes de manera simultánea. Mientras Venezuela carecía de capacidades de proyección, Irán conservaba miles de misiles balísticos y drones de ataque unidireccional. Mientras la geografía venezolana permitía operar sin afectar la economía global, Irán dominaba el Estrecho de Ormuz, por donde transita una quinta parte del petróleo mundial. Mientras Maduro carecía de carga simbólica para movilizar más allá de sus fronteras, Jameneí encarnaba un peso religioso y político que trascendía al chiismo iraní. Y mientras Caracas no podía golpear bases estadounidenses, Teherán respondió con misiles y drones contra instalaciones en Baréin, Kuwait, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Jordania e Irak; reactivó el conflicto Hezbolá-Israel en el sur del Líbano; impuso un cierre selectivo del Estrecho de Ormuz que disparó los precios del petróleo y el gas natural; y dejó al menos quince militares estadounidenses muertos y once aviones derribados en las primeras semanas. Casi dos meses después del inicio de los bombardeos, Irán aún conservaba «miles de misiles» capaces de amenazar a fuerzas estadounidenses y aliadas en la región, según un alto funcionario militar consultado por el Congreso.

La trampa del éxito pasado operó en su forma más pura: el triunfo sin costo aparente en Venezuela funcionó como evidencia falsa de que la fórmula era extrapolable. La inteligencia analítica sobre Irán existía en abundancia; el catálogo de capacidades militares iraníes, el mapa de su red regional, la geometría del Estrecho de Ormuz, todo estaba documentado. Lo que se atrofió fue la inteligencia contextual: la capacidad de reconocer que dos regímenes calificados retóricamente con la misma etiqueta de paria operaban en contextos estructuralmente distintos, con consecuencias estratégicas profundamente diferentes ante el mismo tipo de acción militar. Confundir el éxito caraqueño con un manual aplicable a Teherán es la versión contemporánea de creer que la receta que funcionó con un paciente debe funcionar con todos los demás.

V. Cultivar la capacidad

Si la inteligencia contextual marca la diferencia entre el éxito y el fracaso diplomático, surge la pregunta práctica: ¿cómo cultivarla? La respuesta involucra tanto la formación individual de los diplomáticos como el diseño de las instituciones de política exterior.

En el plano individual, la inteligencia contextual se desarrolla a través de lo que podríamos llamar educación para la incertidumbre . Esto exige exposición a múltiples marcos interpretativos, incluyendo perspectivas no occidentales, teorías críticas, enfoques desde el Sur Global, que amplían el repertorio de lentes disponibles para situaciones nuevas. Se beneficia también del estudio histórico profundo , no como acumulación de anécdotas sino como ejercicio de razonamiento contrafactual. ¿Qué hubiera pasado si Metternich hubiera cedido a las presiones revanchistas? ¿Qué si Wilson hubiera prevalecido sobre Clemenceau? Y nada sustituye la experiencia en contextos diversos : destinos variados, contacto con realidades distintas a la propia, inmersión en culturas políticas diferentes. Pero la diversidad no debe ser solo geográfica sino funcional: el diplomático que ha trabajado en temas económicos, de seguridad, multilaterales y consulares desarrolla una visión más integrada que quien permaneció en un solo carril temático.

En el plano institucional, cultivar esta capacidad requiere diseños organizacionales que contrarresten las trampas descritas. Las cancillerías pueden institucionalizar el abogado del diablo : equipos cuya función específica sea cuestionar los supuestos dominantes, identificar las debilidades de la estrategia prevaleciente, imaginar escenarios adversos. Conviene crear espacios de reflexión estratégica parcialmente aislados de las presiones operativas, unidades donde se piense a mediano y largo plazo sin la urgencia del cable que debe responderse hoy. Resulta valioso establecer sistemas de alerta temprana diplomática , mecanismos formales para identificar señales débiles antes de que cristalicen en crisis. Y mantener vasos comunicantes con la academia y el sector privado: las cancillerías que solo dialogan consigo mismas tienden al pensamiento grupal.

Las herramientas tecnológicas pueden complementar, nunca sustituir, la inteligencia contextual humana. El análisis de datos, la inteligencia artificial aplicada al monitoreo de señales, los sistemas de visualización de tendencias: todo puede potenciar la capacidad de percibir patrones emergentes. Pero la tecnología también puede agravar la trampa del exceso de información si no se acompaña de marcos interpretativos sólidos y de la humildad de reconocer los límites de cualquier modelo predictivo.

Nada de esto funcionará si los incentivos institucionales castigan la heterodoxia. El diplomático que diagnostica correctamente que una alianza tradicional ha perdido vigencia, pero que al decirlo contraría la sabiduría establecida, puede encontrar que su carrera sufre precisamente por su lucidez. Cultivar esta capacidad exige, por tanto, no solo formación y estructuras, sino una cultura organizacional que premie la honestidad analítica incluso cuando resulte incómoda.

VI. El contexto del contexto: un mundo en transición

Todo lo anterior adquiere urgencia particular en el momento histórico que atravesamos. No vivimos tiempos normales. El orden internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial, y renovado tras 1991, atraviesa un reacomodo que analistas como Graham Allison, en Destined for War (2017), y John Mearsheimer, en sus escritos sobre el retorno de la política de grandes potencias, comparan con los grandes cambios del pasado: el fin del sistema de Viena, la desintegración del orden de Versalles, el colapso del mundo bipolar.

Los síntomas son visibles en múltiples dimensiones. En lo geopolítico, la irrupción de China como potencia capaz de disputar la primacía estadounidense ha alterado cálculos que durante tres décadas se daban por sentados. En lo institucional, organizaciones que parecían pilares del orden liberal muestran creciente parálisis: en 2023, por primera vez en la historia del G20, la declaración final no pudo incluir una condena consensuada a la invasión de un Estado soberano, señal inequívoca de la fragmentación del consenso internacional. En lo ideológico, modelos autoritarios que se creían desacreditados han encontrado nuevo atractivo, ofreciendo narrativas de orden y eficacia que compiten con la promesa democrática.

Para los países medianos y pequeños, los que no moldean el sistema internacional sino que deben adaptarse a él, la inteligencia contextual representa quizás el recurso más valioso disponible. Las grandes potencias pueden permitirse errores; su masa crítica les permite absorber las consecuencias de lecturas equivocadas. Los países con menos margen no tienen ese privilegio. Para ellos, leer correctamente el momento marca la diferencia entre la prosperidad y el estancamiento, entre la autonomía y la dependencia.

Aquí emerge una paradoja: estos países poseen menos margen de error pero también menos recursos para invertir en capacidades de lectura contextual. La tentación es subcontratar el análisis, seguir lo que hacen las potencias regionales o confiar en el diagnóstico de Washington o Beijing. Pero esa subcontratación es precisamente la abdicación de la inteligencia contextual propia. Un país que no desarrolla su capacidad de leer el contexto termina viendo el mundo a través de los ojos de otros, con sus intereses y sus sesgos.

VII. Un llamado a la reflexión

Escribo estas líneas convencido de que la inteligencia contextual no es un don reservado a unos pocos, sino una capacidad que puede cultivarse individual y colectivamente. Los países que inviertan en ella, en la formación de sus diplomáticos, en el diseño de sus instituciones, en la cultura de sus debates públicos sobre política exterior, estarán mejor posicionados para navegar las décadas turbulentas que se avecinan. Pero esta inversión requiere algo previo: el reconocimiento de que la necesitamos. Y ese reconocimiento, a su vez, exige una humildad intelectual que no siempre abunda.

Los gobiernos de nuestra región harían bien en preguntarse: ¿cuántos recursos dedicamos a la formación contextual de nuestros diplomáticos comparado con la capacitación técnica? ¿Existen en nuestras cancillerías espacios institucionales para cuestionar los supuestos dominantes? ¿Premiamos o castigamos a quienes diagnostican correctamente pero incómodamente? Las respuestas a estas preguntas revelarán cuán preparados estamos para lo que viene.

La historia enseña que los momentos de mayor cambio son también los de mayor oportunidad. Las cartas se redistribuyen; posiciones que parecían fijas se vuelven fluidas; países que leen correctamente el momento pueden ascender mientras otros declinan. En 1815, Prusia era un actor secundario en el Concierto de Europa; medio siglo después había unificado Alemania y emergido como potencia dominante del continente. En 1945, Japón yacía en ruinas; tres décadas después era la segunda economía del mundo. Las trayectorias nacionales no están escritas de antemano: dependen, en medida significativa, de la calidad de las decisiones tomadas en momentos bisagra.

Los ciudadanos aportan a esta empresa cuando exigen a sus gobiernos explicaciones estratégicas y no solo tácticas, cuando premian en las urnas la prudencia sobre la estridencia. Los académicos aportan cuando producen conocimiento que desafía las certezas establecidas, cuando forman generaciones capaces de pensar contra sí mismas. La inteligencia contextual de un país no reside únicamente en su cancillería: es un atributo del ecosistema completo de reflexión sobre su lugar en el mundo.

Nuestro momento es uno de esos bisagras. Las decisiones que tomen nuestros gobiernos en los próximos años, sobre alianzas, sobre integración regional, sobre posicionamiento ante las grandes potencias, sobre inversión en capacidades diplomáticas, tendrán consecuencias que se extenderán por décadas. Tomar esas decisiones bien requiere, antes que nada, leer correctamente el contexto en que se toman.

La inteligencia contextual no garantiza el éxito; ninguna capacidad humana ofrece tales garantías. Pero su ausencia casi garantiza el fracaso. En palabras de Nye, los líderes que carecen de ella «pueden tener visión, pero crean castillos de arena que colapsan ante las olas de la realidad». La tarea de los ciudadanos, los académicos, los funcionarios y los líderes políticos es asegurar que nuestras estrategias descansen sobre una lectura honesta, rigurosa y continuamente actualizada del momento histórico que nos ha tocado vivir.

Porque al final, la inteligencia contextual es lo que separa al funcionario competente del estadista. No la ambición de grandeza, no el carisma mediático, sino la humildad de reconocer que cada momento histórico tiene sus propias reglas, y la disciplina de descifrarlas. Es una forma de estar en el mundo: atenta, reflexiva, dispuesta a aprender, abierta a la sorpresa. Cultivar esa disposición, en nuestras instituciones y en nosotros mismos, es quizás la inversión más importante que podemos hacer en tiempos de incertidumbre. Y los tiempos de incertidumbre, como sabemos, son los únicos que tenemos.

Preguntas frecuentes

¿Qué es la diplomacia?

La diplomacia es el conjunto de métodos, prácticas e instituciones mediante los cuales los Estados conducen sus relaciones exteriores por vías pacíficas: negociación, representación, protección de nacionales, información y promoción de intereses nacionales.

¿Cuál es la diferencia entre diplomacia y política exterior?

La política exterior define los objetivos que un Estado persigue fuera de sus fronteras; la diplomacia es el instrumento profesional que los ejecuta. Una decide el qué, la otra resuelve el cómo.

¿Qué funciones cumple una misión diplomática?

Según la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas (1961): representar al Estado acreditante, proteger sus intereses y los de sus nacionales, negociar con el Estado receptor, informarse por medios lícitos y fomentar relaciones amistosas, económicas, culturales y científicas.

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