Insurgencia contra la mediocridad
Un proverbio de muchos pueblos dice que una sociedad se vuelve grande cuando sus ancianos plantan árboles bajo cuya sombra saben que jamás se sentarán. Encierra una idea difícil: gobernar de verdad es trabajar para una cosecha que otro recogerá, aceptar que el fruto madura en un tiempo más largo que cualquier mandato. La República Dominicana ha tenido algunos sembradores de esa estirpe, aunque menos de los que exige una nación que aspira al desarrollo. Y conviene decirlo sin rabia, porque la rabia explica mal ; pero la ausencia de rabia no es renuncia a la insurgencia . No ha sido un país de árboles, sino de cultivos rápidos, de cosechas que caben dentro de un período de gobierno y se exhiben antes de que termine. Lo que crece despacio, lo que da sombra en veinte años, lo que solo florece cuando quien lo plantó ya no está, ese árbol casi nunca se sembró. De esa carencia, y no de una maldad de origen, nace casi todo lo demás. Sería pretencioso, y también falso, sostener que antes había virtud y ahora mediocridad. Conviene decir qué nombro con esa palabra: no la falta de inteligencia, que entre nosotros nunca ha escaseado, sino la renuncia a pensar el después . Y esa mediocridad, así entendida, es tan antigua como lo público mismo. Trujillo firmaba sin explicarle nada a nadie, y nadie preguntaba, no por falta de coraje sino porque la pregunta costaba la vida. No existe la edad dorada que la nostalgia inventa. Lo que cambió es la luz. Hoy la improvisación ocurre a plena vista, transmitida en vivo, grabada, repetida en mil pantallas. Antes se escondía tras el miedo, la distancia, la falta de información que mantenía al pueblo a oscuras. Hoy sucede con las cámaras encendidas, y aun así sobrevive. No se decide sin horizonte en secreto, sino frente a todos, y la mirada de todos ya no alcanza para corregirlo. Decidir, en el ejercicio real del poder, casi nunca se reduce a lo técnico. Detrás de cada firma hay intereses que se balancean, urgencias que se priorizan, costos que alguien calcula. Así respira el poder, y quien crea lo contrario no ha esperado nunca en una antesala. El problema empieza después, cuando decidir se vuelve un fin en sí mismo, cuando la autoridad deja de sentir la obligación de explicarse. Quien decide tiene derecho a equivocarse. No tiene derecho a no haber pensado. Esa es la frontera entre una república y una ventanilla. La república explica y proyecta; la ventanilla sella y olvida. Pero sería ingenuo cargarle todo el peso a la visión de quien manda, como si bastara con encontrar mejores personas. Quien decide no opera en el vacío. Opera dentro de incentivos , y los nuestros premian el corto plazo con una constancia casi perfecta. El ciclo electoral de cuatro años recompensa la obra que se inaugura antes del voto, no la que madura después. Cuando la reelección se vuelve la brújula del gobierno, el cálculo se agrava: para qué empezar algo cuyo fruto lucirá un sucesor, quizás un adversario. La presión de los medios exige resultados visibles esta semana, no semillas que germinen en la próxima década. Y una cultura política formada en generaciones de escasez y clientelismo empuja al ciudadano a aplaudir la cinta tricolor y la dádiva en mano, no porque no le importe el mañana, sino porque el derecho prometido demasiadas veces nunca llegó. A ese cálculo se suma una costumbre tristemente nuestra: cada administración llega como si la historia empezara con él, deshace lo del anterior por el solo hecho de que era del anterior, y vuelve a sembrar desde cero lo que ya estaba a medio crecer. Un sistema así fabrica gobernantes de una sola cosecha aunque lleguen con las mejores intenciones, porque castiga al que siembra para otros y premia al que cosecha para sí. Si el problema fuera únicamente moral, bastaría con elegir mejores gobernantes. Pero cuando el problema está en los incentivos, la solución no puede descansar exclusivamente en la virtud de quienes ocupan el poder. Hacen falta reglas que aten las manos del presente en beneficio del futuro: pactos de Estado que ningún gobierno pueda deshacer por capricho, políticas protegidas por ley y por consenso, planes que sobrevivan a quien los firma. Una carrera civil que no se reparta como botín cada cuatro años. Ningún país piensa a veinte años si reemplaza la memoria institucional cada cuatro. Un presupuesto plurianual que blinde lo esencial del vaivén de la coyuntura. Y quien conozca el país objetará, con razón, que casi todo eso ya existe en el papel: para eso se escribió la Estrategia Nacional de Desarrollo 2030. El problema no es que falten planes de largo plazo, sino que incumplirlos no cuesta nada. Esos son los árboles institucionales, y no bastan sembrados en el papel: crecen más allá de un mandato solo cuando la ley les garantiza la tierra y le cobra a quien los arranca. Y si hay un terreno donde esa siembra se echó de menos, es el del capital humano. La educación no se construye en cuatro años; se construye en treinta, en planes que ningún período alcanza a completar, y por eso el gobernante que solo mira la próxima cinta la posterga una y otra vez. Lo mismo ocurre con la justicia, que tarda décadas en volverse confiable; con la ciencia, que no da titulares; con la infraestructura que de verdad importa, la que no se ve, las redes de agua y las plantas de tratamiento que se heredan a medio hacer. Todo lo que de verdad transforma a una nación madura despacio, y entre nosotros fue lo primero en sacrificarse. Mientras esperamos, generaciones enteras cruzan la escuela sin aprender bastante y los mejores parten a buscar horizontes más anchos. Y sin embargo, cuando el ciudadano se planta, el fruto llega. La ley mandaba desde hacía años dedicar a la educación el cuatro por ciento del Producto Interno Bruto, y desde hacía años el Estado encontraba razones para postergarlo, hasta que una multitud de sombrillas amarillas, que había dejado de aplaudir la dádiva para exigir el proceso lento, convirtió una cifra técnica en una exigencia moral. El presupuesto de 2013 no cayó del cielo ni fue regalo de ningún gobernante iluminado: lo arrancaron unas manos que se negaron a esperar. Pero esa victoria dejó su lección, la que todavía nos falta aprender: sembrar no es solo asignar el dinero, sino sostener el método, la evaluación y la continuidad, porque seguimos tratando la escuela como partida presupuestaria y no como proyecto de nación. La misma prisa desarma los contrapesos que debían pedir cuentas. Cuando la conversación de la prensa se mide, demasiadas veces, por el largo de la pauta oficial; cuando la academia mide cada palabra por miedo al fondo que no llega; cuando el Congreso, con el mandato constitucional de fiscalizar, se conforma con ratificar lo decidido en otra parte; y cuando la sociedad civil se dispersa frente a un Estado que lo ocupa todo, la crítica deja de ser una obligación pública y se vuelve un riesgo privado. Entonces el Estado rara vez necesita reprimir al que disiente. Le basta con administrarle el oxígeno. Es más barato y deja menos marcas. Y aun así, no han faltado sembradores. Los ha habido. Dos ejemplos bastan para probar que la siembra de largo aliento es posible entre nosotros. El Metro de Santo Domingo nació de una decisión de 2005, la que creó la oficina encargada de diseñarlo y construirlo. Resistido entonces como un lujo innecesario, sobrevivió al relevo de un partido por otro en el poder y hoy mueve más de cien millones de usuarios al año. El Sistema Nacional de Atención a Emergencias y Seguridad 9-1-1 siguió una trayectoria parecida. Creado por ley en 2013, puesto en operación en 2014 y ampliado después por gobiernos de distinto signo político, hoy alcanza a cerca del noventa y cinco por ciento de la población y gestiona, entre millones de llamadas, cientos de miles de emergencias reales cada año. Imperfectos, costosos, perfectibles, pero en pie. Sobrevivieron porque echaron raíces donde el capricho no llega: en normas que los amparan, en oficinas creadas para operarlos, en presupuestos difíciles de desmontar y en un servicio que la gente usa cada día y cuya desaparición costaría votos de inmediato. Y porque cada gobierno halló en ellos un capital propio que exhibir, de modo que continuarlos resultó más rentable que enterrarlos. Sobrevivieron, en una palabra, a sus creadores. Fueron, sin embargo, la excepción y no la regla. Donde no hubo norma que protegiera ni ciudadano que exigiera, la decisión quedó sola. Y la decisión sola, sin nadie que le pregunte por el después, se marchita. Deja de buscar la mejor respuesta porque ninguna le será reclamada. Frente a esa marchitez no hace falta un ejército. Hace falta una generación de sembradores, esa insurgencia serena de los pocos que se niegan a aceptar que decidir se baste a sí mismo. La del periodista que vuelve a preguntar aunque le cueste el puesto; la del profesor que vuelve a analizar aunque le llamen la atención; la del legislador que interpela al ministro aunque sea de su mismo partido; la del técnico que se niega a firmar lo que no comprende; la del ciudadano que se planta y dice, con calma, explíqueme. Pero esa rebeldía no se agota en el coraje de cada uno; su verdadera siembra son las reglas que atan, los pactos que obligan, la memoria institucional que no se reparte como botín, para que pensar a veinte años no dependa de unos cuantos valientes sino de un terreno que la próxima prisa no pueda arrancar. Esa es la medida: no lo que luce en la próxima cinta inaugural, sino lo que quedará en pie dentro de veinte años. Una generación pequeña, paciente y terca que planta árboles cuya sombra no la cobijará. De cara a 2028, entonces, la pregunta no debería ser solo qué promete inaugurar cada aspirante, sino qué política de Estado está dispuesto a proteger aunque no pueda apropiarse del aplauso. Esa respuesta mide a quien de verdad piensa en el después. La mediocridad rara vez entra haciendo ruido. Casi siempre llega disfrazada de urgencia, de cálculo inmediato, de decisión que no mira más allá de sí misma. Vuelve la imagen del principio. El anciano que planta sabiendo que no verá crecer lo que siembra. La sombra que será de los que heredarán el país que hoy se decide sin pensar en ellos. Hay tierra. Ha habido siempre tierra fértil en esta media isla castigada por huracanes y bendecida por el verde que vuelve después de cada tormenta. Lo que ha faltado no han sido las manos dispuestas a plantar, sino las reglas que las amparen y la paciencia de un país para esperar la sombra. Y un árbol que nadie siembra es, al final, la forma más callada y más honda de la mediocridad.
Un proverbio de muchos pueblos dice que una sociedad se vuelve grande cuando sus ancianos plantan árboles bajo cuya sombra saben que jamás se sentarán. Encierra una idea difícil: gobernar de verdad es trabajar para una cosecha que otro recogerá, aceptar que el fruto madura en un tiempo más largo que cualquier mandato.
La República Dominicana ha tenido algunos sembradores de esa estirpe, aunque menos de los que exige una nación que aspira al desarrollo. Y conviene decirlo sin rabia, porque la rabia explica mal ; pero la ausencia de rabia no es renuncia a la insurgencia . No ha sido un país de árboles, sino de cultivos rápidos, de cosechas que caben dentro de un período de gobierno y se exhiben antes de que termine. Lo que crece despacio, lo que da sombra en veinte años, lo que solo florece cuando quien lo plantó ya no está, ese árbol casi nunca se sembró. De esa carencia, y no de una maldad de origen, nace casi todo lo demás.
Sería pretencioso, y también falso, sostener que antes había virtud y ahora mediocridad.
Conviene decir qué nombro con esa palabra: no la falta de inteligencia, que entre nosotros nunca ha escaseado, sino la renuncia a pensar el después . Y esa mediocridad, así entendida, es tan antigua como lo público mismo. Trujillo firmaba sin explicarle nada a nadie, y nadie preguntaba, no por falta de coraje sino porque la pregunta costaba la vida. No existe la edad dorada que la nostalgia inventa.
Lo que cambió es la luz.
Hoy la improvisación ocurre a plena vista, transmitida en vivo, grabada, repetida en mil pantallas. Antes se escondía tras el miedo, la distancia, la falta de información que mantenía al pueblo a oscuras. Hoy sucede con las cámaras encendidas, y aun así sobrevive. No se decide sin horizonte en secreto, sino frente a todos, y la mirada de todos ya no alcanza para corregirlo.
Decidir, en el ejercicio real del poder, casi nunca se reduce a lo técnico. Detrás de cada firma hay intereses que se balancean, urgencias que se priorizan, costos que alguien calcula. Así respira el poder, y quien crea lo contrario no ha esperado nunca en una antesala. El problema empieza después, cuando decidir se vuelve un fin en sí mismo, cuando la autoridad deja de sentir la obligación de explicarse.
Quien decide tiene derecho a equivocarse. No tiene derecho a no haber pensado.
Esa es la frontera entre una república y una ventanilla. La república explica y proyecta; la ventanilla sella y olvida.
Pero sería ingenuo cargarle todo el peso a la visión de quien manda, como si bastara con encontrar mejores personas. Quien decide no opera en el vacío. Opera dentro de incentivos , y los nuestros premian el corto plazo con una constancia casi perfecta. El ciclo electoral de cuatro años recompensa la obra que se inaugura antes del voto, no la que madura después. Cuando la reelección se vuelve la brújula del gobierno, el cálculo se agrava: para qué empezar algo cuyo fruto lucirá un sucesor, quizás un adversario.
La presión de los medios exige resultados visibles esta semana, no semillas que germinen en la próxima década. Y una cultura política formada en generaciones de escasez y clientelismo empuja al ciudadano a aplaudir la cinta tricolor y la dádiva en mano, no porque no le importe el mañana, sino porque el derecho prometido demasiadas veces nunca llegó. A ese cálculo se suma una costumbre tristemente nuestra: cada administración llega como si la historia empezara con él, deshace lo del anterior por el solo hecho de que era del anterior, y vuelve a sembrar desde cero lo que ya estaba a medio crecer. Un sistema así fabrica gobernantes de una sola cosecha aunque lleguen con las mejores intenciones, porque castiga al que siembra para otros y premia al que cosecha para sí.
Si el problema fuera únicamente moral, bastaría con elegir mejores gobernantes. Pero cuando el problema está en los incentivos, la solución no puede descansar exclusivamente en la virtud de quienes ocupan el poder. Hacen falta reglas que aten las manos del presente en beneficio del futuro: pactos de Estado que ningún gobierno pueda deshacer por capricho, políticas protegidas por ley y por consenso, planes que sobrevivan a quien los firma. Una carrera civil que no se reparta como botín cada cuatro años. Ningún país piensa a veinte años si reemplaza la memoria institucional cada cuatro. Un presupuesto plurianual que blinde lo esencial del vaivén de la coyuntura. Y quien conozca el país objetará, con razón, que casi todo eso ya existe en el papel: para eso se escribió la Estrategia Nacional de Desarrollo 2030. El problema no es que falten planes de largo plazo, sino que incumplirlos no cuesta nada. Esos son los árboles institucionales, y no bastan sembrados en el papel: crecen más allá de un mandato solo cuando la ley les garantiza la tierra y le cobra a quien los arranca.
Y si hay un terreno donde esa siembra se echó de menos, es el del capital humano.
La educación no se construye en cuatro años; se construye en treinta, en planes que ningún período alcanza a completar, y por eso el gobernante que solo mira la próxima cinta la posterga una y otra vez. Lo mismo ocurre con la justicia, que tarda décadas en volverse confiable; con la ciencia, que no da titulares; con la infraestructura que de verdad importa, la que no se ve, las redes de agua y las plantas de tratamiento que se heredan a medio hacer.
Todo lo que de verdad transforma a una nación madura despacio, y entre nosotros fue lo primero en sacrificarse.
Mientras esperamos, generaciones enteras cruzan la escuela sin aprender bastante y los mejores parten a buscar horizontes más anchos. Y sin embargo, cuando el ciudadano se planta, el fruto llega. La ley mandaba desde hacía años dedicar a la educación el cuatro por ciento del Producto Interno Bruto, y desde hacía años el Estado encontraba razones para postergarlo, hasta que una multitud de sombrillas amarillas, que había dejado de aplaudir la dádiva para exigir el proceso lento, convirtió una cifra técnica en una exigencia moral. El presupuesto de 2013 no cayó del cielo ni fue regalo de ningún gobernante iluminado: lo arrancaron unas manos que se negaron a esperar. Pero esa victoria dejó su lección, la que todavía nos falta aprender: sembrar no es solo asignar el dinero, sino sostener el método, la evaluación y la continuidad, porque seguimos tratando la escuela como partida presupuestaria y no como proyecto de nación.
La misma prisa desarma los contrapesos que debían pedir cuentas. Cuando la conversación de la prensa se mide, demasiadas veces, por el largo de la pauta oficial; cuando la academia mide cada palabra por miedo al fondo que no llega; cuando el Congreso, con el mandato constitucional de fiscalizar, se conforma con ratificar lo decidido en otra parte; y cuando la sociedad civil se dispersa frente a un Estado que lo ocupa todo, la crítica deja de ser una obligación pública y se vuelve un riesgo privado.
Entonces el Estado rara vez necesita reprimir al que disiente. Le basta con administrarle el oxígeno. Es más barato y deja menos marcas.
Y aun así, no han faltado sembradores. Los ha habido. Dos ejemplos bastan para probar que la siembra de largo aliento es posible entre nosotros. El Metro de Santo Domingo nació de una decisión de 2005, la que creó la oficina encargada de diseñarlo y construirlo. Resistido entonces como un lujo innecesario, sobrevivió al relevo de un partido por otro en el poder y hoy mueve más de cien millones de usuarios al año. El Sistema Nacional de Atención a Emergencias y Seguridad 9-1-1 siguió una trayectoria parecida. Creado por ley en 2013, puesto en operación en 2014 y ampliado después por gobiernos de distinto signo político, hoy alcanza a cerca del noventa y cinco por ciento de la población y gestiona, entre millones de llamadas, cientos de miles de emergencias reales cada año.
Imperfectos, costosos, perfectibles, pero en pie. Sobrevivieron porque echaron raíces donde el capricho no llega: en normas que los amparan, en oficinas creadas para operarlos, en presupuestos difíciles de desmontar y en un servicio que la gente usa cada día y cuya desaparición costaría votos de inmediato. Y porque cada gobierno halló en ellos un capital propio que exhibir, de modo que continuarlos resultó más rentable que enterrarlos. Sobrevivieron, en una palabra, a sus creadores.
Fueron, sin embargo, la excepción y no la regla. Donde no hubo norma que protegiera ni ciudadano que exigiera, la decisión quedó sola. Y la decisión sola, sin nadie que le pregunte por el después, se marchita. Deja de buscar la mejor respuesta porque ninguna le será reclamada.
Frente a esa marchitez no hace falta un ejército. Hace falta una generación de sembradores, esa insurgencia serena de los pocos que se niegan a aceptar que decidir se baste a sí mismo. La del periodista que vuelve a preguntar aunque le cueste el puesto; la del profesor que vuelve a analizar aunque le llamen la atención; la del legislador que interpela al ministro aunque sea de su mismo partido; la del técnico que se niega a firmar lo que no comprende; la del ciudadano que se planta y dice, con calma, explíqueme. Pero esa rebeldía no se agota en el coraje de cada uno; su verdadera siembra son las reglas que atan, los pactos que obligan, la memoria institucional que no se reparte como botín, para que pensar a veinte años no dependa de unos cuantos valientes sino de un terreno que la próxima prisa no pueda arrancar. Esa es la medida: no lo que luce en la próxima cinta inaugural, sino lo que quedará en pie dentro de veinte años.
Una generación pequeña, paciente y terca que planta árboles cuya sombra no la cobijará.
De cara a 2028, entonces, la pregunta no debería ser solo qué promete inaugurar cada aspirante, sino qué política de Estado está dispuesto a proteger aunque no pueda apropiarse del aplauso. Esa respuesta mide a quien de verdad piensa en el después.
La mediocridad rara vez entra haciendo ruido. Casi siempre llega disfrazada de urgencia, de cálculo inmediato, de decisión que no mira más allá de sí misma.
Vuelve la imagen del principio. El anciano que planta sabiendo que no verá crecer lo que siembra. La sombra que será de los que heredarán el país que hoy se decide sin pensar en ellos.
Hay tierra. Ha habido siempre tierra fértil en esta media isla castigada por huracanes y bendecida por el verde que vuelve después de cada tormenta.
Lo que ha faltado no han sido las manos dispuestas a plantar, sino las reglas que las amparen y la paciencia de un país para esperar la sombra.
Y un árbol que nadie siembra es, al final, la forma más callada y más honda de la mediocridad.
Preguntas frecuentes
¿Qué es la diplomacia?
La diplomacia es el conjunto de métodos, prácticas e instituciones mediante los cuales los Estados conducen sus relaciones exteriores por vías pacíficas: negociación, representación, protección de nacionales, información y promoción de intereses nacionales.
¿Cuál es la diferencia entre diplomacia y política exterior?
La política exterior define los objetivos que un Estado persigue fuera de sus fronteras; la diplomacia es el instrumento profesional que los ejecuta. Una decide el qué, la otra resuelve el cómo.
¿Qué funciones cumple una misión diplomática?
Según la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas (1961): representar al Estado acreditante, proteger sus intereses y los de sus nacionales, negociar con el Estado receptor, informarse por medios lícitos y fomentar relaciones amistosas, económicas, culturales y científicas.
