Relaciones Internacionales

El mundo que el capital no cotiza

Por Josué FialloFundación Diplomacia Dominicana

La última semana de mayo, Ian Bremmer habló en Santo Domingo, ante el CONEP y el empresariado dominicano. Leyó el momento geopolítico con la lucidez que lo ha vuelto uno de los analistas más escuchados de la época. Su diagnóstico es sólido, y comparto buena parte de él. El mundo entró en una recesión geopolítica : una década en que la globalización no desaparece, pero se vuelve más cara, más politizada, más fragmentada. Trump es síntoma y acelerador, no causa. La relación con Washington sigue siendo, para la República Dominicana, una ventaja estratégica. Hay poco que objetar en el mapa.

La pregunta es por el cartógrafo.

No porque el mapa sea falso, sino porque todo mapa revela el lugar desde el cual se mira . Esta conferencia no nació en la Cancillería, ni en la academia, ni en una deliberación pública sobre el interés nacional. La convocó el capital privado. El consejo empresarial invitó al expositor, una firma dio a conocer el resumen, y el lente dominante fue, con plena honestidad profesional, el del capital leyendo el mundo para el capital . Riesgo y retorno. Sectores de crecimiento. Oportunidades de posicionamiento. Es una gramática legítima. No es la única . Y, sobre todo, no puede ser la gramática completa de un Estado.

Conviene una precisión, porque es fácil ser injusto. El problema no es que Bremmer reduzca el mundo a capital. Leído contra sus propios libros, es más hondo que la sala que lo escuchó: el mismo analista que habló de oportunidades ha advertido que la globalización dejó demasiados perdedores, que el dinero privado tuerce la política pública, que Estados Unidos se ha vuelto una fuente de riesgo para el orden que antes garantizaba, y que un Estado frágil no es una nota al pie sino un foco de contagio humano, sanitario y estratégico. El riesgo no es Bremmer. El riesgo es leerlo por debajo de sí mismo : tomar de su mapa las rutas de inversión y dejar en sombra las zonas donde se decide la soberanía.

En esa lectura empobrecida, el mundo aparece solo como un paisaje de inversión. Los minerales críticos se vuelven activos geopolíticos. La cercanía con Estados Unidos se vuelve ventaja competitiva. El alineamiento con Washington se presenta como activo, no como vulnerabilidad. Todo eso puede ser cierto para una cartera. Pero una cartera no tiene soberanía que perder; una nación sí.

La misma proximidad que el inversionista anota como ventaja puede ser, por la otra cara, exposición. Somos un país pequeño en el primer círculo de atención de un hegemón que, como advirtió Alexander Stubb esa misma semana desde Lituania , ha cambiado sus modales: antes buscaba mandatos, coaliciones, coberturas institucionales; ahora, con más frecuencia, simplemente no pregunta. El inversionista mira esa moneda de cara y la llama oportunidad. El ciudadano la mira de cruz y recuerda que el Caribe pasó buena parte del siglo XX construyendo, en tratados y principios, defensas jurídicas frente a quien no siempre tocó la puerta.

En ningún punto se ve más claro el vacío que con Haití. En la lectura del capital, el derrumbe de nuestro vecino aparece como riesgo regional, presión migratoria, variable de estabilidad, contingencia a monitorear. Esa clasificación no es falsa. Es insuficiente . Haití no es una línea en una matriz de escenarios. Es una catástrofe humana y una cuestión de soberanía sobre una frontera viva. Es el lugar donde el desorden abstracto que todos diagnostican se hace cuerpo: en Dajabón, en la seguridad cotidiana, en el comercio, en el miedo, en la vida diaria de una isla obligada a convivir con el colapso de las funciones básicas de un Estado. La planilla puede registrar el impacto; no puede medir la obligación.

Por eso el riesgo no es de la sala, que tiene derecho, y necesidad, de leer el mundo desde sus intereses. El riesgo es nuestro, si dejamos que el prisma del capital se vuelva el lente de la nación. Los intereses del empresariado y los intereses del país coinciden a menudo. No coinciden siempre. Y una república que terceriza su lectura del mundo a quienes lo leen como balance termina confundiendo crecimiento con estrategia, oportunidad con destino, alineamiento con política exterior.

La República Dominicana necesita a sus empresarios. Son un socio vital de cualquier estrategia nacional seria. Lo que no necesita es convertirlos, por ausencia de pensamiento público, en su ministerio de relaciones exteriores.

Tomemos entonces el mapa. Las oportunidades que señaló Bremmer son reales, y aprovecharlas es buen gobierno. Pero leámoslas con ojos de república, no solo de planilla. Con diversificación incluso dentro del alineamiento. Con memoria histórica frente a un hegemón que cambió de modales. Con sensibilidad humana ante un vecino en ruinas. Con la conciencia de que no todo riesgo nacional cabe en una probabilidad y no toda ventaja estratégica puede medirse por el retorno esperado.

El capital pone precio a lo que puede vender. El país tiene que ver, además, lo que no tiene precio.

Bremmer dejó en Santo Domingo un mapa de puertas abiertas. Nos toca recordar que una nación no es solo el tránsito que pasa por la puerta. Es también la mano que debe quedarse en el pestillo: incluso, y sobre todo, cuando las puertas están abiertas y el negocio va bien.

Preguntas frecuentes

¿Qué es una embajada y en qué se diferencia de un consulado?

La embajada representa políticamente al Estado ante el gobierno del país receptor y suele estar en la capital. El consulado atiende trámites y asistencia a los nacionales —pasaportes, actas, legalizaciones— y puede abrirse en otras ciudades.

¿Qué es la inmunidad diplomática?

Es la protección jurídica que la Convención de Viena de 1961 concede a agentes diplomáticos y a los locales de la misión para que puedan ejercer sus funciones sin interferencia. No es un privilegio personal: puede ser renunciada por el Estado acreditante.

¿Qué son las cartas credenciales?

El documento firmado por el jefe del Estado acreditante que presenta a su embajador. Hasta que se entregan formalmente, el jefe de misión no asume plenamente sus funciones representativas.

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