Cuando se va la señal
Fue de noche, como casi todas las curiosidades que terminan costando dinero. El teléfono iluminaba la cama y el algoritmo, que me conoce mejor que algunos parientes, me puso delante el video de un hombre solo en una loma, lejos de todo, escribiendo en una pantallita un mensaje que llegaba a otro hombre en otra loma, sin señal, sin datos, sin compañía telefónica de por medio. No había torre. No había internet. Y la cosa funcionaba.
Me quedé mirando aquello más tiempo del que confieso. A la mañana siguiente ya había hecho el pedido, con la curiosidad sin defensa del comprador temprano, ese al que las empresas llaman early adopter y que paga con su tarjeta el privilegio de ser conejillo de Indias entusiasta.
El paquete llegó días después. Dentro venía un aparato de 35 dólares del tamaño de un control de garaje, con una antena corta y una lucecita que parpadea al despertar. Lo encendí, lo emparejé con el teléfono y me pidió una clave. Traía de fábrica la más obvia del mundo: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Guardé el dato en la memoria, sin saber aún que encerraba media moraleja. Escribí “probando”, lo vi salir al aire hacia ningún operador conocido, y sentí esa emoción pequeña y difícil de nombrar: la de hablar sin pedirle permiso al mundo.
Déjenme explicar qué tengo sobre mi escritorio, porque suena a ciencia ficción y es más sencillo. Y porque no es un solo aparato, sino toda una familia.
Unos son radios de bajo consumo que cargan mensajes cortos a varios kilómetros y los van rebotando de nodo en nodo. El más conocido se llama Meshtastic , de código abierto, que cualquiera arma con piezas más baratas que una cena para dos. Detrás viene MeshCore , más nuevo y más ordenado, que reparte papeles: no todos los equipos repiten, solo los designados, para no atropellarse en el aire. Otros sistemas ni siquiera necesitan radio aparte y convierten los propios teléfonos en eslabones, hablándose por Bluetooth o Wi-Fi. Así operan Briar , pensado desde el principio para periodistas y activistas y apoyado en la red Tor; Bridgefy , que se hizo célebre en las calles; y Bitchat , el experimento que Jack Dorsey lanzó en 2025 sin cuentas ni servidores. Y luego está Reticulum , el más ambicioso de todos: no una aplicación, sino una red entera, capaz de mezclar radio, cable e internet en una sola malla que se niega a viajar sin cifrar.
La familia tiene incluso un ala que sí necesita internet, pero reparte el poder de otro modo. SimpleX no pide identificador de ninguna clase, ni siquiera un nombre de usuario. Matrix deja que cada quien levante su propio servidor y se enlace con los demás, y ya la emplean gobiernos europeos para sus comunicaciones oficiales. No viven fuera de la red, pero esquivan al dueño único.
La idea común es casi barrial. Cada equipo recibe el recado y lo pasa al siguiente, como quien lleva una nota de patio en patio hasta el final de la calle, solo que aquí las manos son antenas. El contenido viaja cifrado. Nadie en el medio lo lee. Y como no dependen de ninguna empresa ni de ningún cable, siguen funcionando cuando lo demás ya calló.
Pensemos en lo que eso significa para una isla como la nuestra.
Cada temporada ciclónica repetimos la misma escena. El viento tumba las torres, el sistema celular se cae, y familias enteras pasan días sin saber si el otro respira. Georges, Jeanne, María, Fiona dejaron esa lección escrita en agua y en lodo. No es teoría lejana: goTenna , una de las primeras de estas herramientas, nació justamente a la sombra del huracán Sandy. Una red de estos aparatitos, repartida entre la Defensa Civil, el Centro de Operaciones de Emergencias y las juntas de vecinos de Samaná o de las lomas de San José de las Matas, podría sostener el hilo mínimo de voz que salva vidas cuando todo calla. Lo mismo vale para el pescador de Pedernales, para la brigada de rescate en la montaña, para la comunidad rural a la que la señal nunca terminó de llegar, y hasta para una universidad que ya montó con estos nodos una red de sensores solares para vigilar su campus.
Y la novedad más reciente baja del cielo. Hay satélites que ya conversan directamente con teléfonos comunes, sin antena ni equipo especial, de modo que un celular cualquiera podría enviar un mensaje de auxilio aunque no quede una sola torre en pie. Starlink y Apple empujan esa frontera mes a mes. Al Caribe, que cada año reza para que el viento no se lleve sus antenas, le conviene mirarla muy de cerca.
Tampoco es asunto solo de catástrofes naturales. Cuando un gobierno aprieta el botón y apaga internet, la gente busca otra ruta. Bridgefy superó el millón de descargas en Myanmar tras el golpe de 2021. Bitchat creció en Uganda y en Irán en plenas restricciones de conexión. La herramienta no convierte a nadie en manifestante: solo demuestra que, cuando el espacio público se estrecha, la palabra encuentra grietas por donde seguir pasando.
Sería deshonesto contar solo esa mitad.
El mismo poder que protege también esconde. Una herramienta que esquiva la vigilancia y no depende de nadie atrae por igual al periodista perseguido y a la red criminal que coordina un cargamento de drogas. La caja que recibí no pregunta para qué la quiero.
Y hay trampas más sencillas todavía. ¿Recuerdan el uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis de fábrica? Quien no lo cambia deja la puerta de su nodo abierta a cualquiera que pase cerca. El cifrado tampoco es magia: muchos de estos sistemas se venden como seguros sin que nadie serio los haya auditado. Bridgefy , aclamada en tantas protestas, resultó tener fallas graves que permitían interceptar y suplantar mensajes, incluso después de prometer que las había corregido. Bitchat salió al mercado con la advertencia, dicha por su propio creador, de que no había pasado revisión externa. Reticulum , de los más cuidadosos, reconoce en su propia web que todavía le falta una auditoría. Quien confía la vida a una de esas promesas en plena evacuación puede estar confiando en una cerradura de cartón.
Hay un matiz que casi nadie menciona y conviene decir claro: no toda comunicación fuera de red vive en espectro libre. Las radios profesionales, como la línea goTenna Pro , trabajan en bandas que exigen licencia, y operarlas sin ella es sencillamente ilegal. El aficionado que activa el cifrado en bandas de radioafición también cruza una raya, porque allí la regla prohíbe ocultar el significado de los mensajes. Y la franja barata que usan estos aparatitos se congestiona y se interfiere con facilidad, sin que nadie tenga derecho perpetuo sobre ella.
Detrás de todo asoma una verdad incómoda que otros países ya aprendieron a golpes. No existe una puerta trasera que abra solo para los buenos. Cuando se debilita el cifrado para atrapar al delincuente, también se entrega la llave al espía extranjero y al estafador. Por eso la respuesta sensata no es prohibir ni es ignorar.
Algunos Estados ya escribieron reglas claras. En Estados Unidos, la Comisión Federal de Comunicaciones permite usar muchas de estas bandas sin licencia con dos condiciones de sentido común: no causar interferencia dañina y aceptar la que llegue; y en radioafición prohíbe el cifrado que oculte el sentido y toda comunicación dirigida a cometer un delito. Reglas simples, dichas en idioma de ciudadano.
Y conviene mirar dentro de casa antes de seguir, porque esto ya no es futuro importado. En algunos lugares de la capital dominicana hay nodos y repetidores Meshtastic encendidos ahora mismo, y en canales de Telegram los vecinos y entusiastas coordinan la malla, amplían la cobertura y se cuentan quién quedó en línea (ver
https://www.meshdom.org/
). La red ciudadana ya nació, modesta y silenciosa, sin que ninguna ley la haya visto. Me pregunto qué hace un nodo prendido en las orillas del río Ozama.
Y esa pregunta sobre el nodo del Ozama no es un adorno retórico: me inquieta más que el viento de cualquier huracán. La misma malla que ampara al ciudadano ya circula, según todo apunta, entre las redes criminales que operan dentro del país. Me pregunto, sin hallar respuesta que me tranquilice, si la Policía Nacional, el Ministerio Público, la Dirección Nacional de Control de Drogas, la Dirección General de Migración y las Fuerzas Armadas y su inteligencia están en condiciones de seguirle el paso a una comunicación que no cruza ninguna antena que se pueda intervenir, que no deja factura en ninguna empresa y que brinca de aparato en aparato por el puro aire. Cuando el delito adopta una tecnología antes que el Estado llamado a perseguirlo, la distancia entre ambos no se mide en años: se mide en capturas que no ocurren y en operativos que llegan tarde.
La República Dominicana llega a esta conversación con una hoja casi en blanco. No tenemos norma específica sobre estas redes. La banda de radio que usan estos equipos no debe quedar fuera de las resoluciones del INDOTEL. La ley de protección de datos envejeció. El anteproyecto de ley sobre Gestión de la Ciberseguridad lleva tiempo esperando turno en el Congreso. Ese vacío puede leerse como descuido o como oportunidad, y prefiero lo segundo, porque podemos legislar desde cero, sin las presiones que arrastran Europa o el Reino Unido, en clave que habilite en lugar de asfixiar. La decisión la tomaremos nosotros o la tomará la inercia.
Así que digámoslo con nombre y con destinatario. Que se actualice la regulación del espectro disperso y declare de uso libre la banda que estas redes necesitan, con límites claros de potencia, tal como ya lo hicieron Estados Unidos y México. Que el Congreso saque de la gaveta la ley de ciberseguridad y la apruebe con un principio escrito en piedra: el cifrado de los dominicanos no se toca. Que cada aparato que se venda en el país avise al comprador en qué frecuencia opera, si requiere licencia y si su cifrado fue auditado. Que la Defensa Civil y el Centro de Operaciones de Emergencias, sin esperar permiso de nadie, levanten una red piloto de estos nodos en las provincias que el mar golpea primero. Y que la Policía Nacional, el Ministerio Público y la Dirección Nacional de Control de Drogas reciban formación y herramientas para no llegar tarde a una tecnología que el crimen ya empieza a dominar. No hace falta inventar nada. Hace falta decidir.
Mientras tanto, el aparatito sigue sobre mi escritorio, con su lucecita parpadeando en la penumbra y su clave de fábrica ya cambiada, esperando paciente la próxima vez que se caiga la torre. La tecnología ya llegó al país, una compra de medianoche a la vez, un nodo de barrio a la vez. Falta que llegue la ley.
Preguntas frecuentes
¿Qué es una embajada y en qué se diferencia de un consulado?
La embajada representa políticamente al Estado ante el gobierno del país receptor y suele estar en la capital. El consulado atiende trámites y asistencia a los nacionales —pasaportes, actas, legalizaciones— y puede abrirse en otras ciudades.
¿Qué es la inmunidad diplomática?
Es la protección jurídica que la Convención de Viena de 1961 concede a agentes diplomáticos y a los locales de la misión para que puedan ejercer sus funciones sin interferencia. No es un privilegio personal: puede ser renunciada por el Estado acreditante.
¿Qué son las cartas credenciales?
El documento firmado por el jefe del Estado acreditante que presenta a su embajador. Hasta que se entregan formalmente, el jefe de misión no asume plenamente sus funciones representativas.
