Cuando la imagen del país también negocia
Todo dominicano nombrado en el exterior sale de la Cancillería con la cabeza en alto. Yo también salí así. La corrección llega después, y llega más rápido cuanto más lejos está el destino.
En Seúl comprobé que el trabajo empezaba mucho antes de cualquier negociación: había que explicar de qué país se hablaba. Algunos interlocutores conocían Punta Cana sin saber que era un destino dentro de un país. Otros habían oído de Haití, y había que precisar que compartimos con ellos una isla. Otros confundían la República Dominicana con Dominica, y la aclaración se convertía en el primer punto de la agenda. Nada de eso era hostilidad; era simplemente la medida de nuestra presencia en la conciencia de alguien situado a trece mil kilómetros.
Con los años convertí esa constatación en una costumbre profesional: preguntar a colegas de otros servicios qué sabían de la República Dominicana antes de tratar con ella. Las respuestas dibujan un mapa bastante nítido. Nos conocen bien donde llegan nuestro turismo y nuestra música. Nos conocen poco donde no llega ninguno de los dos.
Y no es un fenómeno reciente. Décadas antes, mi madre, entonces esposa del embajador dominicano en Copenhague, conversaba con una dama de otro servicio diplomático. Al explicar de dónde venía, recibió una sonrisa cordial y un gesto con los dedos: ah, sí, una isla así de pequeña. No hubo desdén alguno en aquel gesto, y esa es precisamente la parte incómoda. Nuestro país cabía entre dos dedos de alguien cuya profesión consistía en conocer el mundo.
De ahí se sigue una lección que ningún curso enseña: el diplomático de un país pequeño debe ganarse primero el respeto personal, porque el prestigio del Estado que representa no siempre llega antes que él.
Todo esto convive con una realidad que parece contradecirlo. La República Dominicana posee una de las imágenes internacionales más eficaces del Caribe: reconocible, afectuosa, y capaz de abrir puertas que nuestro tamaño no explicaría. Ambas cosas son ciertas a la vez, y entenderlo importa. Nuestra imagen es potente, pero de radio corto. Es fortísima donde ya nos conocen y prácticamente inexistente donde no.
Conviene además preguntarse quién la construyó. La levantó la industria turística a lo largo de medio siglo, la difundieron nuestros músicos hasta convertir el merengue y la bachata en lenguaje corriente de medio continente, la encarna una diáspora que representa al país todos los días sin haber sido designada para ello, y la volvió cotidiana, donde más nos importa, una sucesión de peloteros que ningún ministerio reclutó. La diplomacia ha acompañado ese activo y en ocasiones lo ha formalizado con acierto —la inscripción del merengue en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2016, y la de la bachata en 2019, exigieron expedientes técnicos y coordinación sostenida ante la UNESCO—, pero esa articulación ha sido episódica antes que institucional. Un activo que no se administra de forma continua se degrada sin que nadie advierta el momento.
Nada de esto es propaganda, y la distinción importa. La propaganda intenta imponer un relato; la diplomacia pública procura construir confianza. La propaganda se sostiene mientras dura el esfuerzo y la inversión; la confianza, una vez establecida, trabaja sola.
La primera es un gasto recurrente y la segunda un patrimonio.
De ahí que una imagen construida por actores que el Estado no coordina sea una imagen que el Estado no puede defender cuando la realidad la contradice. La promoción turística ofrece al mundo estabilidad, hospitalidad y naturaleza intacta. Cada episodio que ponga en duda cualquiera de esas tres cosas golpea directamente ese activo, y cuando ocurre, nuestras misiones suelen enterarse al mismo tiempo que el resto del mundo, sin posición común y sin argumentario. La diplomacia pública no maquilla realidades: las expone.
Esa exposición ocurre casi siempre en el detalle. Quien haya organizado una recepción de fiesta nacional en el exterior sabe que el país no se proyecta en el discurso del embajador, sino en si la lista de invitados fue pensada o heredada, en si el orden de precedencia se respetó y en si lo que se sirvió decía algo de nosotros o podía haberse servido en cualquier otra parte. El protocolo no es cortesía ornamental: es la administración de la imagen del Estado en la escala en que efectivamente se percibe.
Si aceptamos que la imagen también negocia, su gestión no puede seguir siendo un esfuerzo fragmentado, y conviene sustituir las declaraciones de principio por compromisos comprobables.
El primero es de titularidad. La diplomacia pública necesita un responsable identificable dentro de la Cancillería, con mandato expreso de coordinación permanente con las instituciones de turismo, cultura y atención a la diáspora. No un comité que se convoca ante la emergencia, sino una instancia con agenda propia y periodicidad conocida.
El segundo es de información. Que cada misión reporte anualmente cómo fue representada la República Dominicana en la prensa y el debate público de su país sede, y que ese informe consolidado se haga público. Es un instrumento barato, revela con precisión dónde estamos siendo mal leídos y convierte a cada embajada en un sensor y no solo en un emisor.
El tercero es de capacidad. Antes que campañas, profesionales: formar responsables de diplomacia pública en las misiones de mayor peso relativo rinde más que cualquier inversión publicitaria, porque la publicidad se compra una vez y la capacidad permanece.
En un mundo saturado de información, la percepción se ha convertido en una forma de poder. Ignorarla no reduce su impacto; simplemente lo deja en manos de otros. Hoy, la imagen del país no solo acompaña la negociación.
También negocia.
El autor es presidente fundador de la Fundación Diplomacia Dominicana y autor de varias obras sobre diplomacia, protocolo y etiqueta.
Preguntas frecuentes
¿Qué es una embajada y en qué se diferencia de un consulado?
La embajada representa políticamente al Estado ante el gobierno del país receptor y suele estar en la capital. El consulado atiende trámites y asistencia a los nacionales —pasaportes, actas, legalizaciones— y puede abrirse en otras ciudades.
¿Qué es la inmunidad diplomática?
Es la protección jurídica que la Convención de Viena de 1961 concede a agentes diplomáticos y a los locales de la misión para que puedan ejercer sus funciones sin interferencia. No es un privilegio personal: puede ser renunciada por el Estado acreditante.
¿Qué son las cartas credenciales?
El documento firmado por el jefe del Estado acreditante que presenta a su embajador. Hasta que se entregan formalmente, el jefe de misión no asume plenamente sus funciones representativas.
